Lunes, 28 Marzo 2016 16:15

Comunarios de Llavini no permitieron el ingreso de la caravana de discapacitados

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Marchista llegando a Llavini en el séptimo día de marcha. Marchista llegando a Llavini en el séptimo día de marcha. Cortesía de Dan Fallshaw

Se avanza bajo rumores de intervención policial.

 

Ojos que no ven* / Llavini

 

Siguiendo la carretera que va desde Cochabamba hacia La Paz, muy transitada por el transporte de viajeros y de mercancías, se encuentra en el kilómetro 63 el pequeño pueblo de Llavini. Se abandona el llano y surgen las primeras estivaciones de la Cordillera andina, las cuales hacen que la carretera aunque de buen firme se vuelva sinuosa, con numerosas curvas cerradas, y abiertas a derecha y a izquierda.

Hacia Llavini, nos dirigimos algunos de los periodistas que seguimos puntualmente la evolución de la marcha de las personas en situación de discapacidad, ya que queremos comprobar sobre el terreno el rumor que se acrecienta entre las personas movilizadas: que se prepara un intervención policial en aras a impedir el desarrollo de la misma y su llegada a la ciudad de La Paz.

Al filo de la 1 de la madrugada, llegamos al pueblito los documentalistas Dan Fallshaw, Fernando Barbosa, Andrés Zúñiga Sanginés, y quien comparte con ustedes esta crónica.

Llavini duerme, no hay rastro de la prensa, ni de la Policía, y nuestro auto avanza despacio para localizar el campamento. Mientras ascendemos lentamente por la carretera, Fernando Barbosa exclama: "!puta, ¿y hasta aquí llegaron?!". Y, sí, aún lado de la carretera, cerca de un puente colgante que impresiona se encuentra la caravana. Todos duermen, y nosotros nos preguntamos porqué eligieron ese lugar y no dentro del pueblo; en la escuela, por ejemplo, ya que el lugar no tiene ni baños, ni aprovisionamiento de agua cercano. Hasta ahora, como el camino está lleno de penalidades, al menos para descansar durante la noche, los marchistas suelen elegir las escuelas o las plazas de los pueblos, lugares mínimamente accesibles para las  personas que se desplazan en sillas de ruedas, y para las familias y las madres con niños. ¿Qué habrá sucedido esta vez?

Cuando localizamos el campamento bajamos del vehículo y comprobamos que cerca permanece el camión de las provisiones y la ambulancia de los bomberos. Un bombero cuenta que todo está tranquilo, pero que la subida ha sido para los "discapacitados" bien fregada. Hubo dos accidentados que fueron trasladados al hospital, nos cuenta, y algunos desmayos.

Y, ¿por qué acampan aquí?, preguntamos. "Porque no les han permitido estar en la escuela", cuenta el bombero.
Poco después la ambulancia arranca. Van a comprar coca y volverán después, nos dicen; nosotros lamentamos no haberlo hecho, porque la noche se presume larga, y debemos permanecer en vela.

Poco después aparece una pareja policial. El teniente Castillo baja del vehículo y nos saluda:
"El camino ha sido bien difícil para los discapacitados", señala Castillo. Y no les han permitido estar en la escuela.

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Marcha de la Confederación de Discapacitados en los al rededores de Llavini. Fotografía: Cortesía de Dan Fallshaw.

 

El teniente Castillo evita pronunciarse sobre la legitimidad de la marcha, pero reconoce que cuando las autoridades de la comunidad negaron la entrada a las personas movilizadas, el teniente coronel, jefe del operativo se sintió mal, y pidió a la gente que reconsiderara su decisión. Castillo cuenta además que durante el pasado día, el camino fue tan duro, que algunos policías no pudieron evitar el impuso de empujar las sillas de ruedas: "algo que no debemos hacer, porque nosotros estamos para abrirles una vía para que puedan caminar y protegerles del intenso tráfico, pero no podemos ayudarles. Pero, también somos humanos, señala.

El teniente habla así porque es padre de un chico de trece años, que tuvo desde muy niño ataques intensos de epilepsia. Los médicos, sostiene, se equivocaron con la medicación y lo dejaron en estado vegetal. "He gastado ya 59.000 dólares. Y seguiré gastando hasta que se encuentre una solución para mi hijo”, explica.

Poco después de su relato, Castillo se despide pero antes nos advierte. "Tengan cuidado con este lugar. Es sagrado, porque aquí embarrancó una flota: cerca están los nichos, y por las noches corren los espíritus". Tal vez Castillo se refiera al autobús de pasajeros de la empresa Bustillos, que volcó aquí hace dos años, con un saldo de seis muertos y treinta heridos, pero no sabemos si hubo algún accidente anteriormente.

La madrugada avanza y el frío se deja sentir. No es un frío extremo, pero durante la marcha hacia La Paz deben seguir subiendo y el invierno se aproxima, así que se presume que a los marchistas les esperan largos días de frío. De momento es soportable, pero el sereno se deja sentir, y la humedad penetra en el vehículo y nos cala los huesos.

El día comienza a clarear, y se escuchan las primeras voces procedentes del campamento. Hacia él nos dirigimos, y encontramos a la gente que se está despertando y que nos saluda alegremente.

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Campamento armado en Llavini. Fotografía: Cortesía de Dan Fallshaw.

 

Alex Marcelo Bracamonte, dirigente de Chuquisaca, agarra el megáfono para informar del recorrido que les espera. Esta vez será fácil, dice, porque hoy harán sólo cinco kilómetros, ya que una familia les dejará una casa que está bien, con agua, baño, duchar comida, señala. La gente recoge las carpas poco a poco, y se escucha música andina, procedente de algún celular.

Me acerco a hablar con Gari Ramírez, dirigente de Potosí al que conocí hace cinco meses durante un taller de incidencia política. Gari es uno de los dirigentes de las nuevas generaciones, diestro en la reparación de las sillas de ruedas, y convencido defensor del movimiento internacional que promueve la vida independiente para toda persona con etiqueta de discapacidad.


De este movimiento, muy precario en Bolivia, aunque con raíces en Sucre y en Potosí, se dice que está siendo capaz de desmantelar por fin el concepto de discapacidad, provocando incluso un cuestionamiento del concepto, por parte de los técnicos de la OMS. Esa es la razón de que poco a poco, el concepto de diversidad funcional vaya sustituyendo a la palabra discapacidad. Dicho movimiento defiende que toda persona, más allá de su causa médica, tiene el derecho a una vida plena, autónoma, tanto en el terreno familiar, social, afectivo, sexual, laboral etc. Su lucha se centra en el logro de este objetivo, promoviendo incluso que los estados garanticen la existencia de asistentes personales: personas que se encarguen de proporcionar a la persona los elementos necesarios para poder salir de casa, trabajar, acceder a una vida plena.

 

*Ojos que no ven es Richard Mateos, periodista ciego que camina por el mundo con Mali, su perra guía.

Visto 4257 veces Modificado por última vez en Domingo, 03 Abril 2016 17:48
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