Lunes, 08 Junio 2015 20:22

Los gustitos y las penas

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Cuando se escarba en el odiado k’ayma en la dieta de Rino, un enfermo renal terminal, es difícil hallar matices. Por más que su esposa se esfuerce inventando combinaciones de legumbres, especias y frutas, para Rino la comida no tiene gusto, está desabrida. Lo que realmente extraña es la sal. Es como si a lo largo de su vida y a fuerza de costumbre, su paladar hubiera perdido la capacidad de distinguir cualquier otro sabor que no sea el salado. Una dictadura impuesta al gusto.

Mijail Miranda Zapata /Cochabamba

El reciente 28 de mayo se conmemoró el Día del Enfermo Renal en Bolivia. En la fecha, instituida en 2009 por el gobierno nacional, se desarrollaron actividades en distintas capitales del país, con el ánimo de concienciar a la población. En Cochabamba, el domingo 1 de junio se realizó una marcha, organizada por el Programa Departamental de Salud Renal del SEDES, que recorrió diversas calles de la ciudad.

Cochabamba ocupa el segundo lugar, después de La Paz y antes que Santa Cruz, en el número de enfermos renales terminales, que hasta marzo contabilizaba un total de 572. En el país, el número alcanza los 2.231, la sede de gobierno suma 576, la capital oriental 568. El saldo (515) se divide en el resto de las regiones. Para estimaciones epidemiológicas, la Organización Mundial de la Salud (OMS) afirma que por cada enfermo renal dializado, hay otros 100 que padecen el mal en alguna de sus etapas. Según el Dr. Marcelo Rojas, responsable del Programa Salud Renal, estos cálculos conducen a pensar que en la ciudad existen al menos 60.000 afectados.

Esas son las estadísticas de una enfermedad que los especialistas consideran un asesino silencioso. La enfermedad renal crónica, por lo general, no suele presentar síntomas sino hasta los estadios más avanzados de la patología, los cuales, por otro lado, provocan daños irreversibles.

Sin embargo, la irreversibilidad de esos daños no se limita meramente al ámbito físico, sino que trasciende a las esferas familiares, laborales y sociales. Esa es la historia de Rino F., que a sus 66 años carga consigo el diagnóstico de enfermo renal terminal. Su drama comenzó hace cinco años, cuando los síntomas de su persistente hipertensión arterial se descontrolaron y lo condujeron a hospitalizarse repetidamente. Entonces siguió el calvario de pruebas de laboratorio, cambios de medicación, internaciones, hemodiálisis y, sobre todo, un desbarajuste económico en su hogar.

Y ¿en qué consiste la enfermedad renal crónica? En términos generales, es la pérdida de las capacidades funcionales del riñón. Es decir, este órgano, tan vital como el corazón, deja de eliminar toxinas y el exceso de agua, es incapaz de regular la presión arterial, no puede producir la hormona que contribuye a mantener el número adecuado de glóbulos rojos, ni la hormona que controla el calcio, haciendo que los huesos se vuelvan frágiles. No es difícil deducir, entonces, que este mal es altamente incapacitante.

Así lo cuenta Rino. En el último lustro ha perdido al menos 12 kilos, su piel ha adquirido tonos pálidos, producto de la anemia (déficit de glóbulos rojos), apenas tiene la energía para trabajar algunas horas, pero lo que más lo atormenta son las deudas y el haberse convertido en “una carga para la familia”. Cuando lo dice, los ojos se le ponen vidriosos y mira al vacío, sin esperanza.

Costumbres de familia

Rino es chofer. Le dedicó toda su vida al transporte urbano. Su padre, ya fallecido, y sus hermanos comparten el oficio. Casi una tradición familiar, lo mismo que las parrilladas que acostumbraban preparar los fines de semana, o los platitos de la tarde que solían servirse antes de guardar los trufis. “Ahora no comparto mucho, porque no puedo comer nada, no puedo tomar. Es incómodo”. Al consultarle si alguna vez tuvo información respecto a los riesgos de los excesos en la alimentación o el cuidado de los riñones y la salud en general, guarda silencio y responde con una media sonrisa desconsolada.

“Necesitamos abordar la problemática de la salud renal no solamente controlándola –que es el tipo de prevención que hacemos–, sino, también, con actividades que eviten que la enfermedad aparezca. ¿Cómo? Impidiendo que las enfermedades que son sus causas se desarrollen: la diabetes mellitus tipo II, la hipertensión, la obesidad, por ejemplo”, explica Rojas. Aclara, además, que su programa implementa en la comunidad un módulo de prevención secundaria, es decir, promueve una detección precoz de la patología, para modificar su pronóstico. Efectúan esta labor con dos sencillos exámenes, uno de sangre (creatinina) y otro de orina (medición de proteínas).

Rino, por su parte, no conoció ningún tipo de medida preventiva. Confiesa que a pesar de algunas molestias físicas, nunca asistió al médico, mucho menos pensó en modificar sus hábitos alimenticios y que durante muchos años controló su presión alta bajo las instrucciones de la farmacéutica de su barrio. Una repetida seguidilla de despropósitos que concluyó en ese diagnóstico que ahora parece pesarle en los hombros y encorvarle el torso: enfermedad renal crónica, estadio terminal.

“Nunca tuve mucho, pero ahora no tengo nada”, sentencia. Desde que cayó enfermo los gastos excedieron cualquier previsión. En 2010, cuando comenzó todo, su familia aún creía en su recuperación total, a pesar de que los médicos dijeran lo contrario, y usaron todos sus recursos para ayudarlo. Sin contar con seguro de salud, inicialmente acudieron a una clínica privada. Entonces una sesión de hemodiálisis costaba como 120 dólares, Rino necesitaba tres semanales. “En los primeros dos años se fueron todos los ahorros familiares, aparecieron deudas y alguna colaboración también”. Cuando los fondos se desvanecieron, optaron por la unidad de diálisis del Hospital Viedma. En una primera etapa, los costos se redujeron a poco menos de la mitad y desde octubre del pasado año, en el marco de la Ley 475 de Prestaciones de Servicios de Salud Integral, la asistencia es gratuita. Además, por decreto supremo 1870 del 23 de enero de 2014, el estado deberá correr con los costos de los trasplantes –el tratamiento último al que pueden acceder- de los enfermos renales que no cuenten con seguro. Rino, por su parte, a pesar de los avances, no demuestra entusiasmo.

Porque en sus padecimientos, Rino ha perdido algo más que salud. “Ya no puedo compartir con los amigos, en la casa soy una carga, no puedo trabajar, no puedo servirme bien, es difícil estar enfermo”. Son muchos factores, ajenos al cuerpo y sus dolencias los que verdaderamente le privan de disfrutar una vida plena.

Salarse la vida

Pero, ¿a qué le llama Rino “servirse bien”? Según él, ahora debe comer “pura fruta y ensalada, como conejo”. Y concluye: “todo tiene que estar k’ayma (sin gusto)”. Al respecto, Rojas afirma que “una de las costumbres de los cochabambinos, y bolivianos en general, es que sin probar la comida aumentan sal, a veces de forma innecesaria, casi como un acto reflejo”. “Indudablemente el consumo de sal está ligado al desarrollo de la hipertensión arterial. El consumo diario debería ser de un máximo de 5 gramos. Pero en el país consumimos alrededor de 10 a 20 gramos día”, complementa.

Aunque en Bolivia no se ha hecho estudios respecto al consumo de sal en la población, como sucedió hace poco en Brasil y Argentina, ni sobre la cantidad de sodio que contiene la comida que se comercializa, el médico se atreve a afirmar que “los alimentos que se venden son demasiado salados y el gusto adquirido de la población es ése. Debemos trabajar con la gente que vende comida, promoviendo que disminuyan la cantidad de sal; con la población, para que entienda que ese consumo provoca daños a su salud. Si una medida va aislada, tiene menos repercusión que si va articulada a diversos ámbitos de la sociedad”.

“Se trata, nosotros creemos, de fijar estándares mínimos a la hora de comer, ya sea el falso conejo del mercado, el pollo frito de los centros comerciales o el platillo gourmet de ciertos restaurantes. Teniendo en cuenta la conciencia de qué es lo que hace mejor a nuestros organismos”, dice Sergio De La Zerda, fundador y miembro del proyecto de periodismo gastronómico “Pique Silpancho Picante”. Con esa perspectiva, en el último tiempo, varias ciudades y países latinoamericanos optaron por regular el consumo de sal en su población. Restringiendo el uso de saleros en la mesa de los restaurantes, por ejemplo. En Bolivia, El Alto fue la primera ciudad en anunciar la posible implementación de esta medida.

Pero, para Rojas, este tipo de acciones coercitivas no son suficientes. “Puedo quitar los saleros de las mesas de los restaurantes y limito el consumo a ese nivel. Entonces disminuimos el consumo un poco. Sin embargo, si la persona no está consciente de que el consumo excesivo de sal es dañino para su salud, a pesar de la prohibición, en casa seguirá usando la sal sin medida. Por otro lado, nadie controla cómo se preparan los alimentos en los lugares públicos, no se sabe cuánta sal se usa”. Para el galeno, es importante un trabajo multi e intersectorial y a diversos niveles, fundamentalmente en lo concerniente a la educación.

Cuando escarbamos en el odiado k’ayma en la dieta de Rino, es difícil hallar matices. Por más que su esposa se esfuerce inventando día a día nuevas combinaciones de legumbres, especias y frutas, para Rino la comida no tiene gusto, está desabrida. Lo que realmente extraña es la sal. Es como si a lo largo de su vida y a fuerza de costumbre, su paladar hubiera perdido la capacidad de distinguir cualquier otro sabor que no sea el salado. Una dictadura impuesta al gusto.

Esos platitos

Rino vive en Cochabamba, capital gastronómica de Bolivia, desde hace dos décadas. Entonces, ¿qué sabores extraña Rino de la ciudad con mayor riqueza culinaria del país? Su respuesta tarda en salir y cuando lo hace es concisa: chicharrón, pique macho, tripitas, rellenitos de papa, sillpancho, pollo a la broaster, tucumanas. En ese mismo orden.

“La verdadera cocina regional lamentablemente está en vías de extinción. Hablamos de platos como el picante, cuyo preparado del ají y la carne es un verdadero arte. Asimismo, están otros más ricos, en todo sentido: las lawas, el chajchu, phiri de quinua y un largo etcétera que no tiene que ver con la cocción por aceite y en los que, además, se usan muchos vegetales, por lo que son más sanos. Uno se pregunta, por ejemplo, por qué no hay sitios en los que se pueda comer un buen ají de papaliza o un pejtu de habas todos los días”, reclama De La Zerda. Además, sugiere que la pérdida de esta riqueza cultural está ligada a la negligencia de instituciones departamentales y población en general. “Nos preciamos de tener la mejor comida, pero nuestras autoridades, en medio de la ya difícil y nunca realizada tarea de definir nuestra identidad regional, nunca han hecho absolutamente nada por preservarla. Y, ciertamente, los ciudadanos tampoco”.

Rino, por su parte, asegura que si esos son sus platillos favoritos, es porque eran los que acostumbraba comer en las paradas, luego de una par de recorridos que atravesaban la ciudad. Añade que el “gustito extra” estaba en acompañarlo con una Coca Cola o una cerveza fría. Ahora, Rino sigue un estricto régimen dietético que lo obliga a controlar, siempre supervisado por su esposa, hasta la cantidad de sal que contiene un paquete de galletitas. “Cuando vemos que el envase no tiene información nutricional, preferimos no comprar”. Aquellos “gustitos”, hoy son recuerdos cada vez más lejanos.

En la lista de preferencias de Rino, a pesar de encontrar nombres tradicionalmente icónicos, es fácil distinguir las características de la tan criticada fast food: frituras, condimentos y sal en exceso. Rápida preparación y gustillo contundente. Sobre esa dinámica, De La Zerda reflexiona y concluye que la gastronomía, la alimentación, no puede entenderse bajo la lógica del lucro. “Es que -ante la falta de políticas de incentivo y en el absurdo regodeo colectivo bajo el estereotipo de capital gastronómica- estamos nomás sucumbiendo a las malas tendencias de estos tiempos, que ven la gastronomía sólo como un negocio, sin fijarse en ese dicho básico que dice que somos lo que comemos”.

Rojas insiste en la educación para la toma de conciencia. “Hay un estudio reciente, hecho en Inglaterra, que demuestra que el consumo de siete porciones diarias de verduras y frutas nos alarga unos 10 años de vida. Significa que, si tenemos ese sencillo hábito, podemos vivir más. Eso, traspuesto al ámbito social, es más tiempo para acompañar a la familia, para cumplir metas, contribuir al desarrollo del país, etc. Ahora, la práctica sistemática de ejercicios está también comprobado, que protege la salud, no solo renal, sino cardiovascular e incluso mental y psicológica”.

Y ésas son las cosas en las que seguramente piensa Rino. Poder ver crecer a su nieta recién nacida, jugar al fútbol con sus compañeros del sindicato de transportes, renovar su automóvil, aportar a la economía familiar, recuperar la sonrisa.

Casos en ascenso constante

Pero más allá de los anhelos y los esfuerzos hechos hasta el momento, los números de la enfermedad renal crónica son fríos. La OMS/OPS reveló que las muertes asociadas a patologías renales en el mundo alcanzan anualmente las 900.000, estando entre las primeras 20 principales causas de defunción. Bajo esa sombra, aseguran, además, que en América Latina y el Caribe, 2 de cada 3 adultos sufren algún grado de enfermedad renal crónica.

Aunque en Bolivia no existen datos oficiales al respecto, la información de subregistro del número de enfermos terminales es preocupante. En los últimos diez años el número de pacientes se ha incrementado un 400%. En 2005 se contabilizaban 63 por cada millón de habitantes, en 2007 se incrementaron a 179 y actualmente se cuentan 260. Con ese ritmo de crecimiento se prevé que para 2019 habrá 5.000 afectados. Entonces, aseguran los expertos, aun incrementando el número de máquinas dializantes, 170 actualmente, 30 de ellas en Cochabamba, no podrán cubrirse las necesidades de todos los enfermos renales.

La enfermedad renal crónica es una patología que afecta por igual a hombres y mujeres y puede contraerse en cualquier etapa de la vida. Sin embargo, es más común en la tercera edad, cuando los malos hábitos de vida han calado hondo en el cuerpo, cuando, además, es casi imposible modificarlos. Así lo evidencia Rino, que al mirar hacia atrás, no piensa en comer mejor, consumir más líquido o hacer ejercicio regularmente. Él, cuando el desconsuelo se lo permite, prefiere creer que la cura aparecerá en algún medicamento o procedimiento milagroso.

La salud renal es un tema que debe ser prioritario para las autoridades de salud y educación. Pero también se necesita de acciones ciudadanas que promuevan, desde la comunidad y la familia, prácticas más saludables. Más legumbres y recetas escondidas, menos papas fritas y enlatados, más juegos y deporte, menos televisión, más aire libre, menos encierro. La salud es responsabilidad de todos. Sobre todo ahora que la gastronomía cochabambina está en los planes de productividad y de atracción turística de la nueva gestión municipal.

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Visto 3417 veces Modificado por última vez en Viernes, 17 Julio 2015 13:47
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