Martes, 06 Mayo 2014 15:30

Dr. Jekyll y Mr. Hyde, usuarios del transporte público

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Pasajeros Pasajeros Ilustración: Marco Tóxico

Los últimos tres meses, los paceños han hecho gala de un comportamiento ejemplar en las paradas y a bordo de los buses del transporte municipal Puma Katari. Pero hay que verlos en los minibuses o corriendo tras uno con la consigna de ‘sálvese quien pueda’...

Carla Hannover y Milen Saavedra / La Paz

El feriado del 1 de mayo, un vecino de la zona Villa Salomé (ladera este de La Paz), luchando con su tambaleo producto de la embriaguez, logró lanzar una piedra que se estrelló contra el parabrisas de un bus Puma Katari. El hombre terminó con sus huesos en la comisaría cercana a la plaza Ergueta, a donde lo cargaron los molestos pasajeros del bus.

“Lo subieron al Puma Katari y acompañaron al conductor hasta la Policía. El agresor fue liberado previa presentación de garantías y deberá reponer el cien por ciento de los daños ocasionados”, cuenta Gustavo Bejarano, oficial Asesor de la Alcaldía de La Paz. “Eso antes jamás hubiera sucedido”, opina.

Usuarios abordan el Puma Katari que va hacia la zona de Inka Llojeta, en la parada de la Cancha Zapata. <br>Foto: Milen SaavedraUsuarios abordan el Puma Katari que va hacia la zona de Inka Llojeta, en la parada de la Cancha Zapata. Foto: Milen Saavedra

Tampoco era imaginable que los habitantes paceños manifestasen “amor” por un vehículo, que hiciesen ordenada fila para abordarlo, que cediesen el asiento, que estuviesen dispuestos a caminar diez cuadras para tomar transporte, que entregasen objetos olvidados por algún pasajero… que se convirtiesen en ciudadanos ejemplares, pues.

¿En qué momento cambiaron las normas de convivencia ciudadana? ¿cuándo se extinguieron los pasajeros dispuestos a todo con tal de ganar un asiento en el minibús? ¿dónde quedaron las personas que exigían bajar en la puerta misma de su casa y no en la esquina, aunque ésta se hallase a dos pasos de su destino?

Cada vez que se imaginaba algo distinto, se sacudía la cabeza para dejar de soñar. “Educación; años de educación para que haya un cambio”, se pensaba y se decía.

El psicólogo Carlos Velásquez ensaya algunas explicaciones para este cambio “de golpe y porrazo”: “Con la llegada del servicio municipal de transporte, se ha establecido de principio ciertas normas y reglas, como nunca antes se había hecho en La Paz”, dice. Normas que el ciudadano “ha sabido aceptar de buena gana, porque es evidente que no imponen imposibles y más bien muestran lo que es dignidad como un derecho de cada ciudadano, incluido uno mismo, por supuesto”.

Cerca del mediodía, en la calle Bueno, a la altura de la plaza Camacho, usuarios en ordenada y larga fila esperan al Puma Katari que les llevará hacia la zona de Chasquipampa, en el sur de la ciudad. “No me importa si me deja lejos de casa, prefiero este bus porque todo es más agradable a bordo; es como si nos convirtiéramos en mejores personas”, comenta Janeth Vásquez, una hotelera de 42 años, que sehalla en medio de la larga fila a la espera de viajar a casa de sus padres.

Mientras avanza y pondera el orden y el respeto como valores que “habían sido parte de los paceños”, desde ese lugar de la fila se puede ver otra de las paradas de transporte público, sobre la avenida Camacho. Allí, el caos es la norma. Personas de toda edad, escolares entre ellas, forman un remolino cada vez que pasa un vehículo, agitan la mano para que se detenga y alguno ensaya un gesto con el índice señalando al piso (es su manera de decir, ¿puedo ir paradito?) y, como la regla es sálvese quien pueda, todos toman la calzada y corren si el minibús se detiene, dispuestos a empujar a quien sea.

O sea que hay dos tipos de ciudadanos. De este lado, en la Bueno (por algo se llama así esta calle), los buenos; a la vuelta de la esquina, en plena avenida Camacho, los malos.

¿No será demasiado?

Son las 19.30 en la parada del Puma Katari que está por la Cancha Zapata, pleno centro de La Paz. Desde allí y mientras forma fila, el fotógrafo Christian Lombardi escribe en su cuenta de Facebook un post que tendrá una seguidilla titulada Crónicas desde El Puma Katari: “Apoyo a este medio de transporte, así que le soy fiel. Buses de refuerzos son pedidos y… finalmente, llegan. A dos bolivianos el pasaje para ir hasta Chasquipampa, me re-conviene, normalmente gasto entre 2,80 a cinco bolivianos si hago transbordo en Calacoto,y tengo que pelearme como bestia peluda con medio mundo para agarrar algo…”.

Interior busLos pasajeros cumplen las normas del bus: subir por la puerta de adelante y pagar el pasaje correspondiente al anfitrión. Foto: Milen Saavedra

Ya en el bus, los buenos modales abruman a un Lombardi que, con sus escasos 42 años, resulta ser el pasajero de mayor edad que viaja de pie. “A la altura de la Plaza de las Lobas, en la zona de Obrajes, se libera un asiento amarillo, especial para gente de avanzada edad… dos ‘abuelitas’ me miran y me dicen: ‘siéntese señor!’... mis ojos se ponen grandes como platillos”. Por ‘suerte’, el aludido localiza a un ‘Don’ que parece mayor, pero también él le insta a tomar el asiento... “Al final, logré convencerlo de sentarse… recuperé mi juventud”, suspira.

Que las amabilidades no son excepcionales, lo revela otro episodio en el mismo viaje. Ya internado en la zona Sur y luego de haber pasado por unas cuantas paradas, el bus está repleto, reporta Lombardi. En la parada de la calle Los Álamos, en la zona de Calacoto, hay una fila de una decena de personas. El ‘anfitrión’ —funcionario municipal encargado de guiar a los pasajeros, de manera que aprendan cómo proceder a bordo— pide a la gente acomodarse en la parte trasera del bus. “¿A dónde más?”, se pregunta Lombardi casi molesto, hasta que escucha la voz del conductor: "Por favor, ayúdennos, hay gente afuera y está congelándose".

Si no fuese que Facebook recoge similares testimonios positivos, cuya enumeración devela en mucho la sorpresa que provoca el comportamiento propio y ajeno, podría parecer simple y pura ficción.

Un poco de historia

Los buses Puma Katari iniciaron sus recorridos a mediados de febrero de este año, luego de una ardua lucha que enfrentó a los funcionarios ediles con los dirigentes de transporte sindicalizado, aunque con el respaldo de ciudadanos, muchos de ellos conectados en Facebook a través de la página Fuera minibuseros de La Paz.

puerta de salidaUn usuario desciende por la puerta de salida, que está ubicada en la parte posterior del bus. Foto: Milen Saavedra

El transporte sindicalizado, valga el paréntesis, ha asumido desde 1940 —algunos dirían “se ha apoderado”—, de las estrechas calles paceñas. Hay que recordar que, en algún momento de febrero de 1985, se puso en práctica un servicio a cargo de la Empresa Municipal de Transporte Automotor (EMTA), que fracasó pronto por negligencia de los administradores; el daño que se causó con ello no sólo fue material, sino espiritual: la gente se volvió escéptica sobre una alternativa para el transporte sindicalizado, así que tal vez por ello se amoldó a éste y aceptó sus “no-normas” de urbanidad.

El nuevo servicio municipal parece haber ayudado a superar los temores acerca de un transporte administrado por entes oficiales (otro de ellos es el teleférico, que el Gobierno nacional implementa desde principios de mayo, para conectar La Paz y El Alto, aunque éste merece otra historia). En todo caso, la reacción inicial, el entusiasmo por los buses, se ha dirigido, por un lado, a la calidad del servicio. Los Puma Katari, los conductores —no todos, pues hay una que otra oveja negra— son una especie de héroes citadinos. La prueba está en los más de 84.000 seguidores (8 de mayo) que se congregan en el sitio de Facebook de La Paz Bus. Y, por otro, la calidad es la que parece “sacar la cebra que todos llevamos dentro”, según describió la ciberactivista Eliana Quiroz. Es decir, exactamente lo contrario de lo que le pasa al personaje de Robert Louis Stevenson.

parada 2Una de las paradas de Cota Cota, en la calle 28, fue grafiteada, lo que evita observar el mapa de orientación. Foto: Milen Saavedra

El primer fin de semana de la salida de los Puma Katari, para las rutas norte y este, el 24 de febrero, los comentarios fueron en el mismo sentido que el del ilustrador Joaquín Cuevas en Facebook: “Hoy Patricia y yo nos subimos por primera vez al Puma Katari. La gente estaba muy contenta. Había una parejita que tenía unos folletos con los detalles de la ruta (que a nosotros no nos habían dado) y cuando les preguntamos de dónde los habían conseguido, nos regalaron uno. Sabemos que un buen sistema de transporte mejora la calidad de vida de las personas, pero nunca imaginé que tanto. Personalmente, estoy muy emocionado con todo esto”.

Lo mismo ocurrió con los usuarios del recorrido al sur, a la zona de Chasquipampa, inaugurada el 24 de marzo. “Desde la 28 Cota Cota al Parque Urbano Central 40 minutos y la bajada 45. Voy a usarlo seguido #PumaKatari”, declaró el músico Rodrigo “Grillo” Villegas, quien se transportó en el bus luego de uno de sus conciertos nocturnos.

Para darle número a las opiniones, la Alcaldía realiza consultas e indica que “el 75% de nuestros usuarios encuestados consideran que La Paz Bus está cambiando positivamente el comportamiento de los usuarios, recuperando valores y buenas costumbres”.

La pregunta ahora es: ¿cuánto durará el idilio? O, lo que es más importante, ¿cuán internalizados estarán esos valores y buenas costumbres?

El monstruo al acecho

Es difícil cambiar prácticas arraigadas de la noche a la mañana, admite Gustavo Bejarano. Que es cuestión de tiempo y de sostenimiento, lo ejemplifica el proyecto de educadores urbanos Cebras de La Paz,que se implementó en 2001 y es ahora, 2014, que da algunos buenos resultados. “Es una apuesta de largo plazo, porque los cambios de comportamiento permanentes se dan muchas veces en la siguiente generación. Hay niños que se está criando con las cebras y ya muestran un cambio de comportamiento“.

Pero entonces, ¿hay que desconfiar del comportamiento considerado que todos describen? ¿Será que el buen Jekyll andino ha dominado a Hyde, pero no lo ha vencido?

ascensorUna persona en silla de ruedas sube al bus a través del ascensor dispuesto para este fin. Foto: Milen Saavedra

Son las 08.00 en la zona de Achumani, la parte sur de la ciudad a la que no llega el Puma Katari, y más de un centenar de personas caminan afanadas en sentido contrario a su destino, el centro de la ciudad, a ver si la suerte les permite toparse con algún vehículo que tenga al menos un asiento libre o permita el “paradito aunque sea”. La misma Janeth Vásquez, la educada, camina por su barrio de residencia y mira de reojo a otros que podrían arrebatarle ese codiciado asiento. “Alguna gente es muy egoísta, no considera que una lleva más tiempo esperando un trufi en la esquina; si pueden quitarte el lugar, lo hacen sin el menor reparo”.

Ya en el minibús, dueña del último lugar libre que tuvo que pelear con un niño —“pobrecito, seguro llegará tarde al colegio”—, su castigo es un destartalado asiento al lado de la única puerta para subir y bajar, que la obliga a viajar casi recostada sobre las rodillas del pasajero de atrás. Éste la empuja de rato en rato y ella se encapricha y, por tanto, se apoya aún más. La venganza llega a la altura de la Calle 2 de Obrajes, cuando el pasajero de marras anuncia de pronto que baja, el minibús frena en seco en media calle y Jannett tienen que bajar para dar paso, arriesgándose a ser atropellada, y el hombre no sólo que ni da las gracias, sino que se aleja sin ayudarla a cerrar la puerta del vehículo.

Que los paceños estén acostumbrados a esta rutina, no quiere decir que la hayan aceptado. Al menos no internamente y, pese a ello, el mal transporte público se convierte en un catalizador del egoísmo, de los malos modales, el maltrato y el desorden, retoma la palabra el psicólogo.

Parada Plaza CamachoBuses con destino a Chasquipampa, la ruta más utilizada, esperan a pasajeros en la parada de la Plaza Camacho. Foto: Milen Saavedra

Algo así como “hago lo que me hacen”. Y como en el nuevo sistema de transporte las normas de buena convivencia están claras, como cada individuo se siente respetado, al Dr. Jekyll no le cuesta imponerse a su monstruo interior.

La prueba de lo dicho (con los dedos cruzados, por si acaso), se puede resumir en tres aspectos vinculados con el nuevo transporte:

Disciplina: El usuario respeta las paradas y los horarios del bus. Y nadie se “cuela” en la fila impunemente. Colabora con el orden interno: unos y otros parecen vigilarse para evitar que a alguien se le ocurra dañar asientos, nadie tira papelitos o cáscaras de fruta en el piso.

Tolerancia: No se oye gritar: “¡hora, maestrito, vámonos!”. La gente espera a que la gente se acomode, proceso que puede demandar, cuando la fila es larga, hasta 10 minutos. E incluso 15, si alguien en silla de ruedas va a subir.

Buen trato: Se respeta los asientos destinados a los ancianos o a las mujeres embarazadas o con niños pequeños, se cede el asiento, se explica a los primerizos el sistema de timbres y paradas. Se pide permiso para pasar.

¿Está claro, Hyde?

Bueno, es cierto. No todo es color de rosa. A veces se espera demasiado, los horarios no son ingleses. Además, los usuarios de los asientos especiales todavía se resisten a usar el cinturón de seguridad. Y ya ha habido alguno que otro destrozo interno… El “anfitrión” es necesario todavía. ¿En algún momento se podrá prescindir de él?

Lo que parece claro es que se vive un cambio. No ha sido preciso esperar largos años de educación para verlo; pero, como coinciden Velásquez y Bejarano, para que sea sostenible, sí hace falta tiempo.

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