Lunes, 04 Julio 2016 21:28

Borges, el inmortal Borges, amaba a Islandia

Sería bueno que los entrenadores de balompié les lean (completo) a sus jugadores el poema de Borges, ése que se pregunta sobre si muere el pampero o si mueren las espadas, especialmente a los propios compatriotas del poeta, esos muchachos que ganan, sin pudor, millones de dólares y luego van y pierden, van y renuncian, van y lloran.

Pablo Cingolani

En su ensayo sobre las kenningar de la poesía islandesa, se refiere a ellas como “el primer deliberado goce verbal” de una literatura que él consideraba instintiva, es decir: nutriente, raigal, fecunda, nacida del roce de la piel con el viento gélido de la isla y del coraje de esa piel puesta a vencer o morir en el campo de batalla. Eso sí: siempre con honor, como el General Quiroga, que va al muere en coche y con la misma dignidad, tal y como lo escribió en uno de sus poemas-brújula.  

Para don Borges, Islandia podía sintetizarse en tres líneas:

El héroe mató al hijo de Mak;

Hubo tempestad de espadas y

            Alimento de cuervos.

Sustituyamos a Mak por Albión, a las espadas por los goles y a los cuervos por los millones de seres humanos de todo el mundo que celebraron la victoria del equipo de fútbol islandés contra su similar inglés en la antesala de los cuartos de final de la copa de Europa, y listo: la vida se recrea, la vida continua y la saga sigue: la saga siempre sigue.

Borges, el inmortal Borges, detestaba el fútbol aunque, secretamente, hubiera disfrutado de la desdicha británica, rememorando que los actuales atletas de Islandia son los descendientes del infalible e implacable Thor, el aniquilador de la prole de los gigantes, y que así los vencieron, con el ardor intacto y la fe arraigada en los antiguos dioses, esos que salvaban o condenaban sin remedio. Los ingleses, ya se han olvidado de ellos y así les va.

Borges, el inmortal Borges, despidió así al General Quiroga, a Facundo, y vale la pena anotarlo, aprendérselo de memoria:

Yo, que he sobrevivido a millares de tardes

y cuyo nombre pone retemblor en las lanzas,

no he de soltar la vida por estos pedregales.

¿Muere acaso el pampero, se mueren las espadas?

Las espadas nunca mueren; lo que cesa, lo que nos conmueve cuando se apaga y nos hace temblar de nostalgia, es el valor del hombre al empuñarlas.

Ahora que está tan de moda eso de la motivación, del coaching y demás pajas, sería bueno que los entrenadores de balompié les lean (completo) este poema de Borges a sus jugadores, especialmente a los propios compatriotas del poeta, esos muchachos que ganan, sin pudor, millones de dólares y luego van y pierden, van y renuncian, van y lloran.

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