Martes, 28 Julio 2015 09:57

Quimba con el sol: Urbanismo y urbanística para la recuperación del patrimonio

Cochabamba en 1915. Vista desde la torre de la Iglesia Santa Clara Cochabamba en 1915. Vista desde la torre de la Iglesia Santa Clara Fundación Torrico Zamudio

La lucha por atrapar un rayo del astro rey que se filtra entre los edificios es muy paceño... y ahora cochabambino también. El urbanismo y la urbanística no solo velan por la estética de la ciudad, sino por la calidad de vida de todos los que la habitan. Parte de esa calidad implica la recuperación y la conservación del patrimonio, no la loca carrera por la modernidad.

Tatiana Suárez Patiño, restauradora

Perseguir al sol es un deporte paceño. Durante los últimos 50 años nos hemos ido perfeccionando en el difícil arte de perseguir al Dios Apolo que se esconde detrás de montañas con ventanas que nos gusta llamar edificios. Lo hacemos con una suerte de danzas y coqueteos para atrapar rayos de sol que se cuelan por el vacío que queda entre una edificación y otra. Esta práctica tan tradicional es un sello personal, una imagen recurrente en la ciudad; es la eterna postal de grupos de amigos, vendedoras, choferes, policías o viejitos tomando sol, estirando las manos como si fueran vizcachas. Más allá de que se asocie esta práctica con el histérico clima paceño, en realidad tiene que ver con otra cosa, es una cuestión de URBANISMO.

La mala distribución del espacio urbano, la topografía de la cuidad y la falta de urbanistas son las razones por las cuales La Paz es un vericueto de entradas sin salidas, de subidas y más subidas, de casas sobre casas y de bloques rectangulares que decoran el cielo de Chuquiago.

Ahora bien. Esa cueca que bailan los paceños con el astro solar se creía una práctica restringida a estos lares, pero la segundita la bailan también los cochabambinos. Con un paso de quimba más fluido, son ellos los que hoy buscan un poco de luz en las ensombrecidas calles del centro de Cercado.

Cochabamba es la ciudad a la que todos queremos volver (o al menos yo), pero la pregunta es la siguiente: ¿Será la misma cuidad que dejamos? ¿Podríamos pensar Cochabamba sin la plaza 14 de Septiembre? ¿Podríamos pensarla sin la chicha y el chicharrón? ¿Podríamos pensarla sin sus casas patrimoniales?

Patrimonio, chicha y topadoras

Esta última pregunta se responde sola al pasar por la avenida Heroínas. La ex Calle Perú albergaba en sus angostas aceras hermosas casas republicanas, además de un colegio. En 1976, el recientemente finado “Alcalde Topadora”, Humberto Coronel Rivas, permitió tirar todo ese patrimonio y en dos años construyó lo que hoy es uno de los ejes troncales de la ciudad. No vamos a negar que esa avenida aligeró mucho la congestión vehicular, pero, ¿acaso es siempre necesario pagar por el progreso con incómodas cuotas de historia?

Como no hay muerto malo y no podemos responsabilizar a Coronel Rivas por esa ola de modernidad, que ya parece un tsunami, podríamos hacer culpable a la chicha. El historiador Humberto Solares narra cómo con los impuestos del fermento se pagaron muchas obras civiles: en 1920 se construyeron escuelas, parte del estadio Félix Capriles, se compraron los predios de la Universidad de San Simón, se asfaltaron muchas calles y se empedraron otras. En 1926 empezaron las obras para el alcantarillado y el agua potable, todo pagado con las libaciones de maíz. El progreso pagado por la chicha fue el hito constitutivo que marcó una necesidad de modernidad que iba contra reloj; autoridades y ciudadanos fueron poseídos por una prisa implacable. Sin respiro, desde 1969 a la fecha, se ha registrado 110 demoliciones de casas patrimoniales, sin contar las realizadas para crear la avenida Ayacucho. El número ascendería a 383, afirma Patricia Dueri en su investigación sobre la destrucción de patrimonio arquitectónico.

Progreso ¿para quién?

Dentro del imaginario de la sociedad está la noción de “Progreso”, idea que normalmente se asocia con alcanzar vanguardias en tecnología y su diseño futurista. Pero más necesario que este adelanto es preservar el pasado. Progreso es también conservar el patrimonio. Parte de avanzar es no dejar a los tuyos detrás, no dejar tu historia, no dejar tu cultura cual si fuera un caído en batalla.

Ahora, hay que hacernos otra pregunta importante: progreso ¿para quién? No puede considerarse progreso cuando de un día para otro, al lado de tu casa, cerca del hospital y del parque, se ha levando un edificio tan alto que bloquea la luz del sol, que implica un alza en los impuestos, una degradación del suelo y de las casas contiguas. Porque la mayoría de las empresas constructoras no hacen un análisis del impacto de una construcción civil que, sobre todo, representa una merma en la calidad de vida de la comunidad.

Evaluemos brevemente los contras de estas edificaciones que se elevan donde alguna vez hubo una casa patrimonial. Los materiales con los que se construyen a largo plazo constituyen un daño a la salud y al medio ambiente. Construir un edificio de diez pisos tarda, en el mejor de los casos. un año y seis meses, tiempo durante el cual se debe aguantar ruido, polvo, tráfico vehicular, hacinamiento de material de construcción en la acer, y una fila de obreros pasando del piropo al acoso. Por añadidura vienen más problemas una vez habitado el edificio. La expansión de la mancha urbana, por consecuencia lógica, abarrota y deprime el centro de las ciudades, ocasionando una serie de problemas vinculados con el transporte, el tratamiento de basura y la sobrepoblación laboral. Entonces, ¿para quién es el progreso?

El urbanismo y la urbanística no solo vigilan por la estética de la ciudad, sino por la calidad de vida de todos los que la habitan. Parte de esa calidad, implica la recuperación y la conservación de la historia. No pienso ni pretendo que las instituciones responsables de salvaguardar nuestro Patrimonio se haga cargo de todos estos bienes (aunque debería). Este es un trabajo de responsabilidad compartida con la sociedad: si nos organizamos, salvamos todo. Manifestarse en contra de lo que nos oprime, nos condena, nos destruye y nos apena, es la mejor de las cualidades que tenemos los y las bolivianas. Si hemos expulsado a más de un presidente, salvar la historia será tarea fácil si ponemos nuestro corazón en ello.

Mejor bailarse una cueca coqueta con el sol, antes que escuchar su réquiem el día de su entierro y el de todos nosotros.

Visto 2387 veces Modificado por última vez en Martes, 28 Julio 2015 11:14
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