Viernes, 05 Junio 2015 13:21

Mientras más castigo, más rebeldía

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Castigo en el aula. Castigo en el aula. Álvaro Ruilova

Ilustración: Del cómic "Primaria furiosa", Álvaro Ruilova.

No importaban lo que hicieran -cuánto nos golpearan, gritaran o aislaran del resto, acusándonos de ser mala influencia-, siempre respondíamos con mayor violencia.

Mijail K. Miranda / Cochabamba

En los colegios siempre existe un grupo de “chicos problema”. Así los llaman en las direcciones y en los consejos de maestros. Mis amigos y yo formábamos un grupo muy unido que, salvo algunas excepciones por expulsiones y traslados, se mantuvo unido y, en conjunto, recibíamos ese denominativo. Chicos problema.

Durante más de seis años compartimos una infinidad de castigos, reprimendas e incluso golpes. Abandonar el salón y levantar las manos contra la pared hasta el cambio de horario, recoger la basura después de los recreos, acomodar los pies en las barandas o pupitres para ponernos “al chancho” (como si hiciéramos flexiones), abandonar el colegio con suspensiones (un día, tres días, una semana), jalones de patillas, coscorrones, golpeteos con las uñas largas (en el caso de las maestras más jóvenes y vanidosas), dar 20 vueltas corriendo al patio del colegio o quedarnos al sol durante todo el primer periodo (2 horas), por haber llegado tarde.

Si hay creatividad y diversidad en el sistema educativo, está en los maestros y sus formas de castigo. La pregunta es, ¿por qué a pesar de los inagotables métodos punitivos, los chicos problema siguen siendo los mismos y nunca cambian? Es casi una reproducción, a pequeña escala y guardando sus diferencias, con la administración de justicia a nivel general. Se habla de aumentar condenas, de hacerlas más severas. Una dinámica en la que sólo es útil el castigo, no la prevención, no las causas, no las nuevas oportunidades.

El tema es que ese mecanismo no funciona. Al menos no dentro el mundo escolar: mientras más castigos nos aplicaban, mayor era nuestra rebeldía, mayores los deseos de venganza, mayor la admiración recibida desde nuestros semejantes. Un bucle de violencia, una discusión de sordos. No importaban lo que hicieran -cuánto nos golpearan, gritaran o aislaran del resto, acusándonos de ser mala influencia-, siempre respondíamos con mayor violencia.

Uno de los más repelidos maestros de aquellos años, era uno que jugaba a ser ingenioso y jovial. Nadie le creía. En su clase estaban permitidas todas las cosas que, por lo general, están proscritas en un recinto educativo. Sus castigos también eran particulares. Nada de violencia física, ningún tipo de reprimenda directa, ni expulsión del aula. Él daba curso a la violencia psicológica. Así como permitía los insultos entre nosotros y compartía las risotadas, se valía de esa información para, dado el caso, humillarnos frente a los compañeros. En más de una ocasión dejó a algunos al borde de las lágrimas, colorados de rabia y vergüenza. Era mucho más cruel que cualquiera de nosotros.

En cierta ocasión, uno de los nuestros, “los chicos problema”, reaccionó. No soportó que le dijeran “burro mayor”, luego de haber aguantado cosas como “pecoso”, gangoso, gordo, “Pericles”, y aún más. Entonces, por debajo del pupitre, lanzó una patada a su agresor, parado justo en frente. El profesor reaccionó devolviendo el golpe con un bofetón. César, así se llamaba mi compañero, se levantó de un salto, volteó el escritorio, y con su imponente físico, acostumbrado como estaba a las peleas, propinó una de las mayores palizas que he visto. César fue expulsado, el maestro renunció y todo siguió como si nada.

Levantaron la mano para recordar también:

http://www.lapublica.org.bo/reportaje-mensual/item/605-maestros-son-los-de-siempre

http://www.lapublica.org.bo/reportaje-mensual/item/606-mis-pesadillas-con-madre-ana

http://www.lapublica.org.bo/reportaje-mensual/item/608-la-nina-se-vistio-de-negro

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