Domingo, 27 Julio 2014 19:03

Cuatro canchas de futbolín, media hora de internet, una ficha en los “tilines”

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Juego de futbolín Juego de futbolín pitt.edu

Un recorrido por los lugares que ofrecen juegos y entretenimiento baratos en Cochabamba permite constatar que 1 Bs da para costear poco o nada de pasatiempos de ocio.

 Santiago Espinoza A. / Cochabamba

En tiempos no tan remotos, en los primeros años del milenio, una moneda de un boliviano (Bs 1) podía a uno asegurarle una hora o más de buen entretenimiento. Ahora es poco menos que imposible, al menos en una ciudad como Cochabamba, donde la moneda del “peso” no sirve para casi nada si viene sola y busca comprar tiempo de ocio. Y ojo que sólo hablamos de los entretenimientos accesibles, de aquellos que, como los juegos de mesa, los electrónicos o los de computadora, han estado al alcance de las monedas de recreo de niños, adolescentes y jóvenes aún dependientes de la economía paterna. Ni hablar de ocios más caros como las salidas al cine o a los boliches, que desde antes, y hoy más que nunca, exigen más billetes que monedas.

Tilines eran los de antes

Para alguien que ha superado la treintena de años, recorrer las salas de juegos electrónicos de Cochabamba (popularmente llamados “tilines” o “vicios”) es una rareza, cuando no un comportamiento contra natura. Y no es sólo una percepción del suscrito, sino de algunos de los que habitan esos recintos, más aun cuando el visitante, además de “viejo”, es un extraño que ya no es habitué de esos lugares. Siempre que no sean los administradores del local o algún escrupuloso padre de familia que costea-vigila el juego de sus hijos o un ludópata inofensivo que hace parte de la fauna del local, los adultos que ingresan a los “tilines” despiertan una desconfianza comprensible entre los jugadores –mayoritariamente menores de edad o, a lo sumo, veinteañeros- que perciben su presencia (porque también están los que, de tan metidos que están en su juego, solo tienen sentidos para las máquinas). Así lo revelan algunas miradas, que parecen decir “¿qué ha perdido este viejo acá?”, “deberían prohibir la entrada a estos pervertidos”, “¿este no debería estar trabajando o algo así?”.

Por eso mismo, no es mala idea visitar los “tilines” en la mañana, en horario de clases, más aun si es preciso permanecer al interior de ellos por un buen rato sin jugar o jugando apenas para disimular. A esas horas, en la sala de juegos electrónicos que está dentro del cine Center (al pie del río Rocha, en la puerta de acceso a la zona norte de la ciudad), acaso la más exclusiva y cara de las pocas que aún sobreviven en la ciudad, son pocos los que juegan. En número son casi igual que los administradores, que en ese momento están vaciando las monedas de las cajas que contienen las máquinas. Pocos minutos después, otra máquina, ya no de juego, se ocupa de guardar y ¿contar? las monedas. El estruendo de esa lluvia metálica se mezcla con las músicas, explosiones, aullidos y demás ruidos que desprenden los juegos. Por lo que dura el vaciado del dinero, no resulta aventurado imaginar lo rentable del negocio. No es para menos. Con juegos que, en su mayoría, exigen dos monedas de Bs 1 para activarse, y con una demanda que se multiplica exponencialmente en horas de la tarde y la noche, no caben mayores dudas sobre la redondez económica del emprendimiento.

Menos halagüeña es la posición del que debe pagar por el entretenimiento. En una hora de juego puede fácilmente gastar 10 bolivianos o más. Son contadas las máquinas en las que se puede jugar con sólo una moneda de Bs 1. Las más, como lo advertíamos, funcionan con dos monedas de 1 Bs. Tampoco faltan las que precisan más, como tres monedas de Bs 1, o incluso una que requiere dos de Bs 5 para poder ser operada. Su pinta la delata. Es un aparatoso armatoste que simula un vehículo que puede volar, navegar o viajar por tierra, tan completo y complejo que hace ver a la máquina de Volver al futuro en un juguete artesanal. Para colmo, resulta muy difícil permanecer en su cubículo más que unos pocos minutos, pues, por tratarse de un juego de carrera contra el tiempo, más temprano que tarde uno termina perdiendo. Mejor ni imaginar la inversión que supondría adiestrarse en él para poder mejorar el rendimiento y el tiempo de permanencia. Por lo pronto, no está de más averiguar el costo de la hora de play station. La respuesta de la administradora no es alentadora: Bs 6 en máquinas normales y 12 en los espacios VIP (diminutas salas aisladas por mamparas acondicionadas con sillones para recostarse). Creo que conviene salir de una vez.

Mientras el suscrito escapa hacia el centro de la ciudad para mantener a buen recaudo sus monedas, la nostalgia le puede y comienza a rememorar su etapa “tilinera”, esos años de niñez y adolescencia en que las fichas para jugar en los “vicios” podían llegar costar 10 o 20 centavos. Además, había que comprar fichas, unas monedas especialmente reservadas para las máquinas. Nada de estar metiendo 20 o 50 centavos, pues se corría el riesgo de perder la plata y, de paso, arruinar las máquinas. Dichosos esos años en los que, con Bs 1, uno podía hasta darse el lujo de invitar algunas fichas a sus condiscípulos y, con ello, convertirse, aun por unas pocas horas, en un monarca dadivoso o, si se quiere, en el líder de la manada.

Internet (malo) para todos

Foto juego electronico-skycrapercity

Aunque en menor cantidad que hace algunos años, los juegos electrónicos aún sobreviven, algunos de ellos al interior de complejos comerciales como los de la cadena cine Center. Foto: Skycrapercity.

Mientras se agolpan los recuerdos de tantos “tilines” visitados en los noventa, hoy ya desaparecidos, el galope alocado y bullicioso de los jóvenes anuncia la proximidad del campus central de la Universidad Mayor de San Simón (UMSS), en el centro-este de la ciudad. En sus alrededores proliferan los cafés-internet, por lo general repletos, aunque, en los días de mi recorrido, de receso y cursos de invierno, con más espacio que de costumbre. En buena parte de ellos, la hora cuesta Bs 2, así que con Bs 1 apenas alcanza para, en media hora, revisar algunas notificaciones, compartir los más jocosos memes o felicitar a algún desconocido cumpleañero que se dice “amigo” en el Facebook. Eso parece hacer la mayoría de los usuarios. Pocos se dedican a trabajos para la universidad; a lo sumo, alguno revisa un trabajo para mandarlo a imprimir (30 centavos por hoja). Tampoco es que se pueda calificar de caro el internet, pues, no puede ignorarse que, a medida que el servicio se ha ido masificando y han ganado cancha las conexiones domiciliarias, los cafés han abaratado ostensiblemente sus costos. Aun así, analizada la relación precio-calidad, a no pocos les queda la sensación de estar siendo robados en cafés-internet en los que las computadoras sufren desperfectos y las conexiones son lentísimas. No está de más recordar que Bolivia se granjeó en años pasados el dudoso honor de tener el internet más lento y caro de la región: http://www.masymejorinternet.org.bo/prensa/bolivia-cuenta-con-el-internet-mas-lento-y-caro-de-la-region/.

¿Dónde está la “canchera”?

Volviendo a la inquietud por encontrar entretenimiento barato, se le pregunta a la señora que atiende si en su recinto las computadoras ofrecen juegos en red, opción que descarta de inmediato (al parecer, la proximidad de la universidad le impone un perfil más “académico” y “serio” a este café-internet). Como la cosa es hallar juegos en red, esos que se han convertido en una suerte de herederos aventajados de los “tilines”, por su capacidad para permitir una interacción más estratégica y colaborativa –y ya no la mera competencia– entre distintos jugadores, conviene caminar unas cuadras más allá.

En el camino, una pequeña plazuela apenas permite el paso del peatón. Está cubierta de una amplia batería de mesas de futbolín, todas ocupadas por afiebrados jugadores universitarios. ¿Cómo imaginar la universidad sin futbolines? Si eran la unidad de medida de las clases y las materias. En otros tiempos tampoco tan remotos, casi se podía decir que uno iba a clases a la universidad para hacer hora antes de entregarse a la verdadera obligación del estudiante: el futbolín. Bastaban dos o más personas, cada una con 1 o 2 Bs, para pasar una o más horas dándole a las manivelas, celebrando golazos de jugadores inertes, mofándose de los rivales por los “capotes” (5-0) y rogando por más canchas de yapa a la “canchera”.

El juego sigue siendo bastante accesible en esta plazuela: cuatro canchas por 1 Bs. “Pero no hay canchas de yapa”, aclara con firmeza la señora “canchera” de turno, visiblemente consumida por el tedio, esperando a que los chicos y chicas que juegan paguen o se vayan. Pasan los minutos y nadie se marcha. Las mochilas de los jugadores permanecen en los canastos de plástico ubicados debajo de las mesas. Por la velocidad del juego y los goles, podría deducirse que jugar durante hora puede costar Bs 5 o más. La ventaja es que, a diferencia de otros juegos, en el caso del futbolín los gastos pueden compartirse entre dos, cuatro y hasta más personas.

Pasan los años y el futbolín continúa despertando una extraña fascinación entre los universitarios. Debe ser uno de los últimos juegos mecánicos que sobreviven en estos tiempos hipertecnologizados, en los que el ocio y el entretenimiento son cada vez más dependientes de aparatos y programas de alta tecnología. Por eso no deja de ser sorprenderte el culto que no pocos le siguen profesando a este juego (como puede dar cuenta este video de un “campeonato por salteñas”: https://www.youtube.com/watch?v=ZrzxT_n38ro o esta noticia que da cuenta de un torneo en las tres principales ciudades del país: http://www.jornadanet.com/n.php?a=104864-1). Sorprende también el pequeño mercado que en torno al futbolín gira (algo que se revela esta página: http://quillacollo.olx.com.bo/venta-de-futbolines-iid-560969745). Y ojo que esta pasión no es exclusiva ni muchos menos a los bolivianos: http://historiaconminusculas.blogspot.com/2013/01/la-historia-del-futbolin.html. Los únicos que parecen no estar enamorados del juego son los “cancheros” y “cancheras”, como la señora de esta plazuela que, al constatar que el suscrito no tiene con quién jugar, ha dejado de responder a sus preguntas y se ha vuelto a sumir en su particular letargo laboral.

La otra escuela

Foto juego en red 1 corregida

Los juegos en red hacen parte de la oferta de entretenimiento de los barrios cochabambinos. Foto: La Pública.

Unas cuadras más al centro de la ciudad, en una calle próxima de varias unidades educativas, aparece finalmente un café-internet exclusivamente dedicado a los juegos en red. Apenas han pasado unos minutos después de las 12 del mediodía y ya está repleta de estudiantes –todos hombres– de entre 13 y 17 años. Es una lúgubre y ruidosa sala de no más de cuatro por cinco metros cuadrados, con una veintena de computadoras habilitadas para jugar “Medalla de Honor”, “Wanted” y otros varios juegos. Los chicos siguen con los uniformes escolares puestos. Casi inmóviles en sus asientos y con la mayor concentración posible en sus monitores, están en un estado en el que, de seguro, más de uno de sus profesores los quisiera tener en clases. Pronto estallan las voces de mando, que instruyen ciertas acciones, otras que amedrentan a sus adversarios y unas pocas más que lamentan los yerros propios y ajenos. Finalmente aparece el muchacho que atiende el lugar, que a esta hora camina de un lado para otro, en febril ajetreo para atender los requerimientos de los clientes. Apenas tiene tiempo para decir que la hora de juego cuesta Bs 2, pero que, lastimosamente, en el momento no hay máquinas disponibles. Luego se marcha para conectar algún cable suelto.

El suscrito no tuvo ya oportunidad de subirse al carro de los juegos en red, pero, en sus años universitarios, sí pudo ser testigo de la capacidad de hipnosis y, claro, de adicción que puede llegar a ejercer en muchos de quienes se meten en ellos. De esta relación de entrega a los juegos, que en algunos casos linda en lo enfermizo, se ocupa un divertido corto documental del joven realizador boliviano Mikele Rollano, “The dota experience”: https://www.youtube.com/watch?v=UO9OWaN0EQE.

Ya en pleno centro de la ciudad se multiplican los puestos de venta callejeros de copias ilegales (piratas) de juegos para computadora y para play station 2. Se ofrecen a Bs 5, un precio que a no pocos administradores de salas de juego debe quitarles el sueño, por lo difícil que resulta competir con ese mercado informal. Y es que así como el cine en salas –para el que una entrada cuesta más de 25 bolivianos– debe luchar contra la piratería de películas –en las calles ya se venden tres copias en DVD a 10 bolivianos, cuando no a menos precio–, las salas de juego deben competir con los vendedores de juegos también piratas que han facilitado a los usuarios el montaje doméstico de su entretenimiento.

Volver a los tilines

Cuando está ya por concluir este periplo en busca de entretenimiento barato y duradero, aparece una nueva sala de juegos electrónicos. Localizado a media cuadra de la plaza principal 14 de Septiembre, éste es uno de los “tilines” más antiguos de los que tiene memoria el suscrito. Debe tener casi 20 o más años y, contra el signo de los tiempos, sigue en pie. Por el horario está bastante lleno, poblado mayoritariamente por estudiantes de primaria y secundaria que acaban de salir de las varias unidades educativas próximas al centro de la ciudad. Chicos y chicas se hallan en ese singular trance al que conduce estos juegos, ajenos a lo que ocurre fuera de los monitores. Los hay quienes bailan los movimientos que dicta la máquina, los que disparan contra los blancos que aparecen en las pantallas, los que aplican combinaciones de botones imposibles para derrotar a luchadores animalizados y los que hacen maniobras extrañas con las palancas para meter goles. Tampoco faltan los que, de impotencia, se la agarran contra los tableros de los juegos o aprovechan para disparar retahílas de improperios que difícilmente podrían pronunciar en sus casas o escuelas. Daría la impresión de que, en medio de ese caótico y desbocado concierto de ruidos y luces alucinantes, los que juegan están volcando toda la furia, rebeldía y frustración que la escuela y la familia intentan –no siempre con éxito– reprimir.

Lo mejor es que los juegos, en su mayoría, cuestan sólo 50 centavos y, apenas unos pocos, Bs 1. Así las cosas, finalmente ha llegado el turno de jugar, de usar las dos monedas de 50 reservadas para este momento. Vamos a intentar con una vieja máquina de Tekken. Como siempre, King y Lei son los elegidos. El tiempo no pasa en vano. No solo es más caro jugar ahora que antes, sino que uno se descubre más inútil aún que en el pasado para el juego. No han pasado ni 10 minutos y ya se han extinguido dos monedas. Mejor dejarlo así. Igual, hay una muchacha que, apercibida de la presencia del intruso adulto, le dedica una advertencia visual para que se vaya antes de que lo acuse de viejo pervertido. En fin, ha sido el boliviano mejor gastado del día.

Visto 4335 veces Modificado por última vez en Sábado, 23 Agosto 2014 15:16
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