Lunes, 03 Noviembre 2014 20:34

¿Defender la cultura cruceña?

Concentración convocada por el movimiento #SePrendióelMechero a través de las redes sociales en octubre de 2014.. Concentración convocada por el movimiento #SePrendióelMechero a través de las redes sociales en octubre de 2014.. Bolivia Decide

 

Queda claro que esta la compleja tarea no se realizará yendo a gritar ante el monumento a Cristo, cambiando banderitas o escribiendo improperios reaccionarios en Facebook. Tenemos que defender la cultura cruceña de nuestra propia mediocridad e indiferencia, trabajando para que se fortalezca y no sea presa de la politiquería de turno, el proselitismo o los ego-culturistas del selfie.

Gustavo Adolfo Navarro Occhiuzzo, psicólogo

Dentro de ciertos sectores de la población cruceña son frecuentes las expresiones de malestar relacionadas con que, supuestamente, el proyecto hegemónico del MAS estaría apropiándose de los rasgos y símbolos más representativos de la “cultura cruceña”, cuando no imponiendo los propios con una tendencia generalmente andina.

Parte de ese malestar se expresó en las recientes protestas juveniles ante el monumento de Cristo y el reemplazo de una bandera wiphala de la plaza central por otra con la flor del patujú. Pero más allá del partido de gobierno y el desencadenamiento de estas reacciones sobre las cuales retornaré más adelante, cabe preguntarse: ¿cuál es el lugar que la ciudad le otorga a la cultura y qué acciones se realizan para preservarla o difundirla?, ¿qué es lo que actualmente entendemos por cultura cruceña? Parece propicio comenzar con estas interrogantes, para así dejar de lado cierta posición victimista con respecto al Estado central-andino, y de esta manera empezar a hacernos cargo de lo que como ciudad nos corresponde.

Rápidamente se destaca que para el desarrollo cultural la ciudad invierte un mísero 1% de su presupuesto. Las iniciativas o proyectos culturales se realizan gracias al esfuerzo de unas pocas instituciones y personas voluntariosas que se enfrentan a las más complejas y a veces absurdas dificultades. El apoyo a la investigación histórica y cultural es prácticamente nulo. Por ejemplo, Nino Gandarilla resaltaba que existen varias investigaciones históricas con datos inéditos que no tienen espacios donde ser publicadas. El Museo de Etnohistoria y su archivo histórico invaluable requieren de una inversión mucho mayor en infraestructura, personal, investigación y conservación de obras y archivos que corren el riesgo de perderse para siempre.

Por otra parte, en el casco viejo existen casonas históricas en muy mal estado y ni qué decir de las taperas que año tras año se derrumban ante la indiferencia del municipio. Se le ha quitado a muchas plazas sus rasgos distintivos y espacios verdes, para transformarlas en masacotes de cemento sin alma. El potencial turístico-cultural de la Chiquitanía, los Valles o el Pantanal sigue sin desarrollarse como corresponde. En el ámbito del teatro y la música, los artistas tienen que hacer lo imposible para conseguir los recursos que les permitan subsistir. No está de más recordar que hace sólo unos meses se quería cerrar el exitoso espacio artístico de la Manzana Uno. Por otra parte: ¿Alguien sabe qué fue de la vida de la inspiradora Escuela de Bellas Artes? En fin, los ejemplos podrían seguir.

Lo “cruceño” en la cultura cruceña

Lo “cruceño” lamentablemente se transformó en un constructo utilitario para los intereses del proyecto regional absorbido por las élites político-empresariales y sus caudillos oportunistas, que luego de fracasar en su enfrentamiento con el proyecto hegemónico masista, al verse superados, terminaron hermanados con el Gobierno para seguir lucrando cómodamente, lo único que saben hacer bien en realidad. Ese discurso elitista-reaccionario, que siempre se aprovechó de un malestar regional auténtico, con el tiempo terminó empalmando con la identidad , por ende, con la cultura cruceña. Se llegó a difundir la idea de que nada menos que en la ciudad con más migrantes del resto del país, lo “cruceño” no tendría nada que ver con, por ejemplo, lo andino. Sin embargo, es interesante observar cómo estos mismos discursos son totalmente condescendientes con algunos procesos de universalización cultural del mundo occidental, como ser la proliferación de shoppings, supermercados, locales de comida rápida, multicines, festejos como el de Halloween, etc., los cuales no son vistos como invasivos de lo tradicional o comunitario, sino más bien, como signos de progreso e integración. El reciente anuncio del cierre del maravilloso espacio del Cine Palace es una buena muestra de esta contradicción.

La cultura cruceña actual tiene vínculos con movimientos sociopolíticos enmarcados en diversos periodos históricos; el prehispánico, colonial, republicano, etc. Uno de esos movimientos lo constituyó la Revolución de 1952; a partir de la misma se empezó a estimular la producción agroindustrial del oriente y se generó, gracias a la integración caminera y ferroviaria, un movimiento masivo de migrantes del país, los que a la larga, convirtieron a Santa Cruz en el crisol de la bolivianidad. Estos movimientos produjeron tensiones, pero por sobre todo una nueva fusión racial y sociocultural que se articuló con el anterior mestizaje entre europeos e indígenas de tierras bajas. El producto de esta fusión cultural lo podemos encontrar en el habla, en la comida, en las canciones como “Viva Santa Cruz” o “Niña Camba”, en el monumento a Cristo, en la práctica de la danza, la ch’alla o el acullico, entre otras cosas. A este proceso hay que sumarle la reciente eclosión de lo indígena que se intenta desligar del colonialismo.

Este recorrido demuestra que se debe trabajar seriamente para rescatar, conservar y poner en práctica nuestra cultura tradicional, la de antaño, como nostálgicamente se dice, pero también para aggiornarla con los aspectos positivos de la época. Es necesario construir nuevos discursos identitarios y símbolos regionales que otorguen un lugar a las prácticas culturales de los migrantes e indígenas, que se han fusionado con lo cruceño, dentro de un nuevo movimiento cultural que podría incluir estas dos vertientes, es decir lo tradicional y el producto de las últimas fusiones migratorias. A mi modesto parecer, la música, el arte o la literatura podrían darnos algunas luces de cómo orientarnos al respecto, no así los políticos. Queda claro que esta compleja tarea no se realizará yendo a gritar ante el monumento a Cristo, cambiando banderitas o escribiendo improperios reaccionarios en Facebook. Tenemos que defender la cultura cruceña de nuestra propia mediocridad e indiferencia, trabajando para que se fortalezca y no sea presa de la politiquería de turno, el proselitismo o los ego-culturistas del selfie.

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