Viernes, 13 Marzo 2015 15:03

Esclavos vivir: apuntes sobre el folklorismo

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Que el folklorismo no nos encarcele. Ya nos liberamos de la corona española, de los criollos vendidos, de los milicos, y estamos en eso de plantarle cara al latifundio y al imperialismo. Que el folklorismo no nos haga esclavos de una identidad mediocre, cerrada y autofágica. Que la música ayude a liberar y no a secuestrar mentes e identidades.

Vadik Barrón R. es cantautor y escritor

1. Bolivia y su Festival: Hagamos un Festival, todo bien, pero no un festival “contra” otro. Apoyemos a nuestros músicos y representantes, pero en la conciencia de que no hay una música que sea “más boliviana” que otra. El folklore boliviano, tal como lo conocemos, tiene menos de cincuenta años de vida y actualmente responde a lo que todas las músicas comerciales responden: a la plata y a la repetición que asegura el mercado. Este folklore nuevo, urbano, comercial, mediático, no solo relega a las músicas tradicionales, originarias, a las músicas que seguimos marginando y utilizando solo para fines turísticos y políticos (cuando no descaradamente proselitistas), sin todavía conseguir velar –como Estado, como sociedad- por su desarrollo y preservación (sus afinaciones no occidentales, la artesanía de sus instrumentos, la cosmovisión que comportan, su calendario de ejecución, etc.), con bases legales y permanentes; sino que se asume como único detentor de la identidad del país. Y el que diga que no le gusta, es un traidor a la patria.

2. Piña del Mar: Cuando aceptas participar en una competencia, sabes a lo que te metes. Una competencia supone el veredicto de un jurado (mis admirados Pedro Aznar y Nano Stern estuvieron en el baile), y un jurado evalúa, mide, sopesa, no a un artista ni a un país ni a un folklore, sino a una presentación, a un performance particular que se realiza en un momento y lugar, y conforme a la línea y criterios de un evento, en este caso un festival, que no sé por qué nos importa tanto. Si no ganamos, no es nada personal, muchachos. ¿Vamos a darle medallas a nuestros olimpistas que terminan en el puesto ochenta y tres?, ¿no sería mejor darles las condiciones para que entrenen? ¿Vamos a darle una Copa América de Alasitas a nuestra selección cuando sea vapuleada en la próxima Copa América que, de paso, se celebrará en Chile?, ¿no sería mejor botar y enjuiciar a Carlos a Chávez y a sus secuaces de la FBF y sanear el futbol boliviano de una vez? ¿Vamos a darle galardones a los que no merecían perder internacionalmente?, ¿no será mejor fortalecer políticas que garanticen vida y trabajo dignos para los artistas bolivianos?

3. Orgullo y prejuicio: Dejémosles las competencias a los deportistas, esa otra industria millonaria de explotación del cuerpo que tanto nos entretiene, fascina, fanatiza. Sintámonos orgullosos de nuestros logros, de nuestras obras como personas y como sociedad. Pero no podemos sentirnos orgullosos simplemente por haber nacido en un lugar, porque no es algo que hayamos elegido. Se los dice alguien que nació muy lejos y que no tiene nada que ver con aquel país sino todo con éste y que se siente feliz de vivir aquí, pero no necesariamente orgulloso. El orgullo y la soberbia van de la mano, y a los que nos agitan la biblia en la cara nada más les recordaremos que, según su propio manual, la soberbia es pecado. Por lo mismo, no puede haber un folklore “mejor” que otro, eso supondría la existencia de culturas o países mejores que otros. Ya lo dijo el gran George Carlin: “Nacer en un lugar u otro es un puto accidente genético”. ¿Quién es George Carlin? Un stand-up comediant, un comediante, pues. A ver si empezamos a tomarlos más en serio.

4. “Vamos a destruir el observatorio”. Soy orureño. Bailaba morenadas y diabladas y toditas las danzas de la lista, como un juego, desde que aprendí a caminar en el patio de mi casa, con mis primos y primas, con palo de escoba como lanza y mantel bordado como capa. El pulso del bombo late en mi pecho cada febrero. He bailado en los Tinkus Jairas durante años, no tanto por cumplirle una promesa a una Virgen impuesta por los católicos y en la que no creo como por sentirme parte de algo verdadero, emocionante y grande, más grande que los que bailan, tocan y se emborrachan. La energía del Carnaval de Oruro es algo digno de vivirse al menos una vez en la vida. Pero me tuve que ir de ahí porque el folklore es el techo, es el límite, es la oficialidad, es lo único que te define. Y ahora mis queridos paisanos se volvieron más fanáticos de sí mismos que nunca y le meten juicio y repudian a cualquiera que ose a meterse con nosotros. No pues, qué es eso. Si somos orgullosos y dignos que no nos mueva el piso una (brillante) caricatura o una (no tan brillante) reportera de Tv. Y ese automatismo reaccionario de masa se extiende a toda la sociedad boliviana. Somos la turba medieval en la era del facebook.

5. “Vollkswagen”: Es más, tengo problemas hasta con la palabra folklore, que es el término acuñado por Occidente para descalificar las expresiones de las otras culturas que asume periféricas respecto a su dorado y santo centro europeo, blanco, judeocristiano, civilizado y su música erudita, sacra, clásica. Cuando me preguntan cuál es el pop de Bolivia siempre digo que es el folklore o, más bien, como diría Kevin Johansen, el “popclore”. Esos son los éxitos radiales y la música popular desde hace décadas, al menos de nuestros centros urbanos, y es lindo saber que, como pueblo, fuimos capaces de consagrar hits instrumentales como “Encuentros”, grabado por Khonlaya y Wara, o “Nevando Está”, popularizada en la versión de Savia Andina. Ese arraigo es una riqueza, es una fuerza poderosa, propia, congregante y auténtica. Es algo que se envidia y se copia, como ya viene sucediendo en la región. Pero cuando se convierte en un dogma es peligroso porque no nos deja ver más allá. Y lo más chistoso es que somos selectivos: puedes ser hincha del Barcelona o del Manchester United, según quien gane, claro, o puedes fingir acento porteño en las noticias deportivas o puedes decir que haces música “tropical” a 3600 metros de altura y con un frío de mierda y vestirte como caribeño y decir “mami” y “playa” en tus letras de 200 caracteres, pero si haces rock o jazz o artes visuales: ¡uuuy!, eres un alienado, hermano, eres un asqueroso foco extranjerizante, eres el enemigo, no eres lo suficientemente boliviano.

6. “Toda la gente me está mirando” (1): El Caporal y el Tundiqui no tienen más de 50 años de inventados, pero los defendemos como si fueran manifestaciones ancestrales y en peligro de extinción. Es más, somos selectivos con “lo nuestro”, porque decidimos qué es boliviano y qué no, aun cuando el trasfondo de esas danzas sugiere, si no un racismo indolente, al menos una seria ignorancia respecto a la comunidad afroboliviana, a la que ridiculiza e irrespeta. En Berlín, Alemania, existe un grupo que difunde y practica las danzas folklóricas bolivianas (Los Amigos del Folklore, se llaman), integrado por más alemanes que bolivianos, y cada año participan del Parade del Carnaval de las Culturas, una especie de entrada que recibe a danzas y expresiones culturales de todo el mundo. No saben cuánto tienen que rogar estos chicos para que los bolivianos bailemos, participemos, nos pongamos un traje. Ah, pero cuando toca Caporales los bolivianos llegan aunque en submarino, salen del piso y somos montones y eso sí que es nacional, folklórico, tradicional, boliviano.

7. “Toda la gente me está mirando” (2): Nunca me sentí representado por los Caporales, pese a que los primeros en bailarlo fueron los niños y púberes del colegio Ignacio León, con pasos más gimnásticos que dancísticos, comandados por sus profesores de Educación Física. Era una danza infantil que devino erótica por esas polleritas dichosas de las caporalas y la actitud manifiestamente agresiva de los macho-caporales, que no proceden precisamente de la raíz andina sino de las élites urbanas que adoptaron esa expresión como propia. Y como había que “mejorar la raza”, pronto nos llevaron chicas blanconas, risueñas, de “Us” privadas y chicos guapos y altos, con trajes que evoca(ba)n peligrosamente el atuendo militar, y por los que las orureñas suspiraban. Claro que estaban en su derecho de participar como todos los bolivianos y bolivianas, pero la lógica social detrás no deja de ser cuestionable. Y aunque las letras de esas canciones mentaban casi mecánicamente a “la negra”, que es una abstracción que designa tanto cariñosa como despectivamente a las mujeres -y es tanto letra de elegante cueca como jerga de putero-, los verdaderos “negros”, no solo los afrobolivianos, sino los que estéticamente no cumplían con los cánones de belleza, o al menos de clase, quedaban al margen. Hubo un proceso casi eugenésico en el Caporal. Y mientras los danzarines se “blanqueaban”, los músicos y compositores asumieron como suya una lectura barata, obtusa, de “lo negro”, repitiéndose en una calentura forzada, en una sensualidad de viejo verde. Hasta ahora, los grandes del folklore se niegan a admitir que distorsionaron La Saya, que usufructuaron el nombre de una expresión genuina del pueblo afroboliviano. La comunidad afroboliviana ha dirigido reiteradas protestas para que se corrija el equívoco y se reivindique el origen pero no pasa nada. ¿Por qué?, pues porque unos resultan ser más bolivianos que los otros. Por eso me es imposible sentirme representado por los caporales. Si vamos a asumir la pluralidad, la plurinacionalidad, no nos quedaremos con lo que nos conviene o con lo que más vende. O todos, o nadie.

8. “Esclavos vivir”. Que el folklorismo no nos encarcele. Ya nos liberamos de la corona española, de los criollos vendidos, de los milicos, y estamos en eso de plantarle cara al latifundio y al imperialismo. Que el folklorismo no nos haga esclavos de una identidad mediocre, cerrada y autofágica. Que la música ayude a liberar y no a secuestrar mentes e identidades. Así como fue injusto y criminal que la identidad nacional marginara a los pueblos originarios, también lo es que el folklorismo margine a otras expresiones aduciendo grados o jerarquías de bolivianidad. No soy menos boliviano que nadie, porque a donde fui he dicho de dónde soy y toqué mi música y la de otros autores bolivianos que admiro y disfruto. Ni son menos bolivianos el Grillo Villegas ni la Poopó ni los bordadores que venden trajes para Puno y La Tirana. El arte es un derecho. Es más, habría que repensar esto de decirse “artista” a estas alturas. Y esto de ser bolivianos sin caer en la trampa del chauvinismo y, de una vez por todas, dejándonos de medir con los otros. Somos únicos. Si hacemos un Festival llevémoslo adelante sin pensar en el vecino, sin cuantificar la música, sin vencedores ni vencidos. Y a ver si para ese Festival pasamos más tiempo en los conciertos y menos en el facebook.

 

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