Martes, 06 Octubre 2015 11:06

…Y así me enamoré de la Violeta Parra

Violeta Parra. Violeta Parra. Internet

Cuando lloraba mi desconsuelo migratorio, ahí estaba la Violeta Parra cantando en aquella radio de alarma, en las largas horas del invierno aspirando sótanos, salas, lavando baños, planchando y secando ropa en aquella gran mansión; ahí estaban la Violeta y la Mercedes junto a mí.

Ilka Oliva Corado, migrante guatemalteca en EEUU

A la Violeta me la presentó otro de mis grandes amores, la Mercedes Sosa. A La Negra la conocí por casualidad. Quisiera decir con cierta presunción  y por romanticismo que a la gran Mercedes la conocí en mis tiempos de universitaria, o que fueron los Guaraguao los que en alguna declaratoria de Huelga de Dolores en la Universidad de mis amores me presentaron a la Violeta Parra con “Me gustan los estudiantes”.

Pero fue en soledad y en el extranjero de recién emigrada, “navegando” en internet, en una de esas madrugadas  de mi reciente posfrontera en la que no lograba conciliar el sueño por la ansiedad, el desaliento y la ira,  que me dio por leer y esperar a que amaneciera para irme a trabajar. Entonces, por casualidad escuché “Volver a los 17” en interpretación de la Mercedes: qué canción tan hermosa que repetí una y otra vez. El primer día me pasó ronroneando en los oídos, la tatareé durante toda mi jornada laboral: la Violeta y la Mercedes anduvieron ese primer día conmigo mientras hacía limpieza en la mansión donde trabajaba como empleada doméstica. El frío del sótano lo entibiaban ellas con esa canción. 

Al salir del trabajo fui a todas las tiendas habidas y por haber para ver si encontraba algún disco de la Mercedes o de la Violeta, pero nada; yo no tenía la noción política de lo que significaba la música de ellas en Estados Unidos. Yo llegué a este país como llegamos la mayoría de los que hemos trabajado noche y día para sobrevivir; de lecturas nada, de conocimiento político, menos. Llegué lista para continuar poniendo el lomo. Para los que hemos crecido en la exclusión del sistema en nuestros países de origen no dista mucho la vida de indocumentado en este país, misma luna y mismo sol, mismo tormento, la misma exclusión.

No haber encontrado los discos fue como un presagio que agradezco a la vida, porque para esos años la única forma de poder conciliar unas horas de sueño era bebiendo. Me entretenía buscando música de ellas en internet y lentamente se me fueron presentando al resto de la parvada: Víctor Jara, Illapu, Inti Illimani (en mi vida me iba a imaginar yo que un día iba escribir y mucho menos que iba a tener  la oportunidad de entrevistarlos), Los Jaibas, Quilapayún. Alfredo Zitarrosa, Atahualpa Yupanqui, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Los Guaraguao, Horacio Guarany, Soledad Bravo, Eladia Blázquez, María Elena Walsh. Los hermanos Mejía Godoy. 

Yo venía de un país de Centroamérica influenciado por la música mexicana, las rancheras, la baladas, perdidamente enamorada de mis adorados Los Tigres del Norte; de Suramérica recordaba por ahí a Jaramillo, Los Iracundos, Abracadabra, pero la trova fue uno de los descubrimientos más importantes de mi vida; se convirtió en mi música favorita.  

Con la trova yo sentí por primera vez mi corazón desnudo, sentí que alguien le daba voz a mi ira, a mi rebeldía, a mi inconformismo, a mi necedad. Que alguien entendía la miseria de mi arrabal, la pobreza de mi pueblo natal, la sequía, la arrogancia del caporal, del hacendado que siempre quiere que lo llamen patrón. Sentí que alguien comprendía mi desilusión y la furia de la periferia. Alguien que comprendía a las niñas que caminan en las laderas, descalzas, con otros niños en los brazos. Y me sentí acompañada en mi soledad. 

Sin una tarjeta de débito o crédito era imposible que lograra comprar la música de ellas en internet; entonces compré una caja de CD y los gravé con la música que iba encontrando en la red. Mi jefa gringa me había regalado una radio de alarma que a ella ya no le servía y ahí ponía los CD y la andaba para arriba y para abajo en la mansión; pronto memoricé las canciones. Canciones que lloré con amargura, que abracé con mis abrazos cansados, con mi melancolía de destierro, con mi impotencia de indocumentada. Con la desolación de extranjera.   

Y gracias a la trova fui descubriendo Suramérica, la cultura, la poesía, la literatura, la política y me enamoré de golpe. Y detesté las dictaduras, y admiré la Memoria Histórica. La solidaridad. Y entre trovas, poesía y luchas el Sur se convirtió en el Sur de mis amores. Y así lentamente Suramérica vino a mí hasta este norte, y me llenó de amor. Un amor transparente. Una tierra que siento mía como si hubiera crecido ahí. 

Y entonces la Violeta Parra se fue instalando en mis poros, en mis pensamientos y Chile se convirtió en el país de mis amores, en la quimera; porque lo respiro, lo veo a través de los ojos de la Violeta que siempre le cantó a los marginados. En su poesía, en su extraordinaria obra. En su humanidad. En la sensibilidad de mujer incomprendida. Y así me enamoré como de nadie en mi vida; es mi amor de amores. 

Cuando lloraba mi desconsuelo migratorio, ahí estaba la Violeta Parra cantando en aquella radio de alarma, en las largas horas del invierno aspirando sótanos, salas, lavando baños, planchando y secando ropa en aquella gran mansión; ahí estaban la Violeta y la Mercedes junto a mí. En aquellos años en los que me ensimismé y todo en mí era silencio y depresión, ahí estaban las dos. Pienso en Mercedes y automáticamente viene Violeta a mi mente, pienso en Violeta y con ella viene Mercedes y me abraza el Sur de mis amores. 

Ellas están conmigo todo el tiempo y lo estarán hasta el último día de mi vida. 

No sé si un día yo logre realizar esa quimera y conocer el Sur de mis amores; es uno de mis grandes anhelos: caminar por sus calles, respirar su aire, ver sus cordilleras, sentarme en cualquier parque y ver un atardecer. Creo que es un sueño demasiado grande, inalcanzable, lo deseo tanto que cada vez lo veo más lejano. Haberme enamorado  perdidamente de Suramérica en estas condiciones y no poder viajar es como querer “Volver a los 17.”

Para la Violeta y la Mercedes, un abrazo hasta el infinito. Gracias por tanto amor. 

@ilkaolivacorado

Blog de la autora: Crónicas de una Inquilina. 

 

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