Sábado, 16 Mayo 2015 17:55

“En 30 años de trabajo no he conocido lo que es un sueldo fijo ni un aguinaldo”

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Tomás Ramos en su puesto de trabajo en La Paz. Tomás Ramos en su puesto de trabajo en La Paz. Carla Hannover

Tomás Ramos tiene 69 años y lleva tres décadas como fotógrafo ambulante. Es uno de los más dos millones de bolivianos que ayuda a disimular las cifras de desempleo bajo la categoría de cuentapropistas. Su oficio, que le ha permitido dar de comer a la familia, es hoy casi un pasatiempo pues ha perdido el 90% de su clientela debido a la tecnología; lo bueno es que sus hijos ya son independientes.

Carla Hannover / La Paz

Tomás Ramos Alejo no sólo tiene buen ojo para retratar a las personas. Considera que ese mismo buen ojo le hizo elegir la fotografía en lugar de los ladrillos, las mezclas de cemento y otros quehaceres del oficio de la construcción. Tiene 69 años y las últimas tres décadas se ha dedicado a tomar fotos a la gente en una plaza, lo que en los buenos tiempos le permitió cuidar bien de su esposa y sus tres hijos.

Ramos puede ser considerado un cuentapropista, al igual que los más de dos millones de bolivianos registrados por el Instituto Nacional de Estadística en el último censo realizado en el país en 2012. En estos 30 años de labor, “no he recibido un salario fijo, no conozco las vacaciones pagadas, no he recibido un aguinaldo -mucho menos un doble aguinaldo- ni tampoco me he beneficiado de un seguro de salud”. Es un guerrero que ha vivido bajo una sola consigna: “siempre habrá trabajo para quienes tienen voluntad”.

En sus días de juventud fue uno de los miles de bolivianos aquejados por la crisis económica que vivió el país tras las dictaduras militares. “Me tocó ser creativo para poder hacerle frente al hambre”, comenta mientras acomoda las telas de colores que le servirán de fondo para retratar a las personas que se le acercan como cuentagotas y nada más por el placer de lograr un retrato distinto.

“Sufría mucho económicamente como albañil, mucho más durante la época hiperinflacionaria del presidente Hernán Siles Suazo (1982–1985). Entonces me fui a Cochabamba pensando que allí encontraría trabajo, pero no hallé nada”. Un día, sentado en la plaza 14 de Septiembre, pensando en cómo salir adelante, Ramos se percató de la labor de los fotógrafos del lugar. “Veía cómo la gente hacía fila y pagaba por las fotos, y ahí fue que me dije: cuán difícil siempre puede ser esto, así que me puse a trabajar de todo para comprar mi primera cámara fotográfica”.

Con el aparato cargado al hombro recorrió las chicherías de Cala Cala y las plazas e iglesias cochabambinas, incluso las de Quillacollo, siempre con buenos resultados; “¿A quién no le gusta guardar sus recuerdos?”, dice. Años más tarde decidió retornar a La Paz con su familia. Una vez aquí le pidieron una acreditación, pues no podía trabajar de forma "clandestina", como lo había estado haciendo en el valle. Se unió al Sindicato de Fotógrafos “Al minuto”, organización que este 2015 celebra 79 años de existencia y cuyos miembros no llegan ni a la decena, pues, explica Ramos, la mayoría “ha pasado a mejor vida”.

¿No hay competencia entonces? “Ya quisiera decir que no"; pero como nunca antes la competencia viene de todo posible cliente y sus teléfonos inteligentes, computadoras y cámaras digitales. “Esos artefactos nos han robado a la gente; ahora muy pocos necesitan una foto al instante”.

Salud de hierro

Fue en la zona Sur paceña, a principios de 1990, donde Ramos encontró su lugar de trabajo, justo detrás de la Iglesia de San Miguel, en una especie de rotonda ubicada en la calle 22 de Calacoto, área donde también se acomodan una vendedora de empanadas tucumanas y cerca de una decena de lavadores y cuidadores de los vehículos estacionados , todo ellos "cuentapropistas".

El fotógrafo insiste en recordar los buenos años, cuando las personas “hacían fila para tomarse fotos, sea para el colegio, para el carnet, para el trabajo, la universidad o para el brevet. Con todo lo que he ganado me pude comprar una casita en El Alto, he hecho estudiar a mis hijos, los tres son profesionales y hasta les he hecho casar. Ahora, con suerte tengo diez clientes al día y reúno entre 80 y 100 bolivianos. Lo que gano se reparte entre el sueldo de mi sobrino que viene todas las mañanas a ayudarme, el papel para imprimir las fotos y lo que llevo a la casa para mi esposa y para mí”.

Ramos se considera un hombre con suerte, de todas maneras, pues no le ha hecho falta un seguro de salud. “Gracias a Dios, hasta ahora no me ha tocado enfermar. Hace un tiempo, mi hijo menor nos ha asegurado a mi esposa y a mí y ella es quien más se ha beneficiado porque ha estado delicada los últimos meses”. Sacude la cabeza como desechando la idea de qué hubiese sido de ambos si su hijo no los aseguraba.

“Voy a ser fotógrafo hasta mis últimos días. Me gusta mucho tomarle fotos a la gente. Yo era un hombre callado y tímido y con este oficio he podido conocer mucha gente; este oficio ha sido como una salvación”. Y así tendrá que ser, pues de jubilación no cabe ni hablar.

 

Leer también:

http://www.lapublica.org.bo/al-toque/item/556-el-afilador-uno-entre-miles-de-precarios-cuentapropistas

http://www.lapublica.org.bo/al-toque/item/557-eulogio-cuentapropista-y-ciudadano-de-la-tercera-edad

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