Están cerca de las oficinas consulares, de los servicios de identificación y de casi cualquier administración pública. Es fácil encontrarlos alrededor del Palacio de Justicia de Santa Cruz e identificarlos: en general son de la tercera edad o, al menos, cuarentones. Resuelven dudas sobre procesos y papeleos, acompañan a quien necesita guía para gestiones legales y realizan trámites por alguien más. Incluso hacen de garantes y testigos. Son los tramitadores, cuentapropistas que la justicia mira de reojo.

Rosaura lleva un tercio de su vida en las calles, trabajando en condiciones precarias. Elabora por encargo dibujos, cuadros, maquetas y a veces esculturas. Desarrolla sus labores sentada en un banquillo plegable, encorvada sobre sus muslos. Sus principales clientes son estudiantes de colegio o universidad. Comenzó este oficio casi por accidente, ahora le da el sustento y la ayuda a seguir soñando con su mayor ambición: dedicarse al arte y ser una reconocida escultora.

Tomás Ramos tiene 69 años y lleva tres décadas como fotógrafo ambulante. Es uno de los más dos millones de bolivianos que ayuda a disimular las cifras de desempleo bajo la categoría de cuentapropistas. Su oficio, que le ha permitido dar de comer a la familia, es hoy casi un pasatiempo pues ha perdido el 90% de su clientela debido a la tecnología; lo bueno es que sus hijos ya son independientes.

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