Viernes, 10 Julio 2015 15:35

Rosaura Rodríguez esculpe sueños en las calles

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 Una de las pinturas de Rosaura que se exhibe en su puesto. Una de las pinturas de Rosaura que se exhibe en su puesto. Mijail Miranda

Rosaura lleva un tercio de su vida en las calles, trabajando en condiciones precarias. Elabora por encargo dibujos, cuadros, maquetas y a veces esculturas. Desarrolla sus labores sentada en un banquillo plegable, encorvada sobre sus muslos. Sus principales clientes son estudiantes de colegio o universidad. Comenzó este oficio casi por accidente, ahora le da el sustento y la ayuda a seguir soñando con su mayor ambición: dedicarse al arte y ser una reconocida escultora.

Mijail Miranda Zapata / Cochabamba

Corte y confección, secretariado ejecutivo, danza, bellas artes, diseño gráfico son etiquetas con las que podrían catalogarse las habilidades y estudios de Rosaura Rodríguez. Ella nació en La Paz, en la provincia Murillo, pero hace dos décadas que vive en Cochabamba. Sus más de 30 años son en ella sinónimo de jovialidad casi adolescente. Su carácter se nubla sólo cuando toca hablar de dinero o de su familia. Al conversar, se afana en contar anécdotas, mostrar fotografías, detallar su “Ridiculum Vitae”, como le gusta decir y repetir. Rosaura se considera escultora y eso es lo que se empeña en hacer día a día en el oficio que escogió hace más de 10 años y que inició por cuenta propia: esculpir sus sueños.

El empleo de Rosaura consiste en elaborar por encargo dibujos, cuadros, maquetas y a veces esculturas. No tiene taller, oficina, ni algo parecido. Trabaja en la calle, sentada en un banquillo plegable, encorvada y sobre sus muslos; sin ningún confort, pura habilidad. Sus principales clientes son estudiantes de colegio o universidad. Réplicas de cráneo hechas en yeso, copias de láminas escolares, maquetas en plastoformo con los temas más diversos, desde sistemas solares hasta mapas con detalles geográficos, son algunos de los pedidos que recibe; casi siempre a última hora, aclara. “La mayoría de las veces estoy bajo presión, porque los chicos, o sus papás, vienen cuando los plazos de entrega están al límite”.

Comenzó casi por accidente, cuenta. “Estaba en segundo año de la Escuela de Bellas Artes. Cierto día no tenía ni para comer. Me puse a vagar sin rumbo y llegué a la plaza Corazonistas. Vi que había algunos jóvenes y gente mayor dibujando allí, al aire libre. Giré un poco y a mis espaldas estaba uno de mis compañeros”. Los dibujantes ambulantes tienen varios años en las calles cochabambinas y han logrado conformar un grupo cerrado, regentado por los miembros más antiguos. Lo que hacía el amigo de Rosaura era “jalar” clientes. Es decir, moverse a escondidas del resto y atrapar algún encargo que otros hubiesen rechazado o a algún cliente despistado. “Él estaba apurado y me pidió que concluyera unos bodegones con los que estaba retrasado; me dijo que podía cobrar 10 bolivianos por cada uno”. Ése fue el primer dibujo por el que Rosaura cobró y confiesa que la felicidad la invadió. Al menos ese día tendría para matar el hambre.

Doble cruz: Ser mujer y joven

Tiempo antes, luego de culminar la carrera de Secretariado Ejecutivo y hacer su pasantía, la joven trabajó en una compañía telefónica local. “En esos ambientes laborales se sufre acoso de los jefes o de los compañeros". Por suerte, ella salió airosa, pero se dio cuenta de que no era en ese empleo como deseaba pasar sus días. "Lo mío era y es el arte; pero mis papás no querían escucharme, así que no me apoyaron ni con un centavo. Me rebelé y estudié Bellas Artes”.

Lo que descubrió en las calles es que ser mujer y joven es un arma de doble filo. Así como los artistas callejeros la acogieron por su energía y entusiasmo, también “me hicieron la vida imposible. Siempre fui la única chica. Nunca sufrí violencia sexual o física, pero los otros no me dejaban agarrar trabajos, me mandaban a guardar sus sillas, me tenían de ayudante. Me quitaban clientes; si llegaba alguno y me tocaba atenderlo, igual se lo llevaban. Estuve en esa situación durante cinco años, entre 2002 y 2006; incluso me retiraron del lugar. Había un viejito que se creía el dueño de la zona”.

“La zona” son los alrededores del Hospital Viedma. Antes de que se edificara el nuevo bloque del Hospital Materno Infantil (cuya continuidad se encuentra en observación e incluso se habla de su demolición), existía una plazuela donde los dibujantes estaban asentados. Ahora se ubican en puertas del antiguo Hospital Germán Urquidi. Pero Rosaura no. Ella fue obligada a irse más hacia la esquina, un lugar sin sol y menos concurrido. A pesar de esas imposiciones, la joven consiguió instalarse en mejores condiciones que sus “colegas”.

Hace algunas semanas logró montar su propio anaquel, una estructura precaria oscura y fría por dentro, donde se mezclan libros, pinturas, colores y láminas estudiantiles. Por fuera presume elegantes detalles pintados, que nacieron de la creatividad de la dueña. “Según la Alcaldía, cualquier puesto debe tener cierta estética, pero eso es muy caro, así que decidí pintar y darle este aspecto”, señala su obra sonriendo. Segundos después, con seriedad y enfado, afirma que además de la envidia de los otros dibujantes debe lidiar con “pastilleras” y “comideras” que la cuestionan y amenazan constantemente. Rosaura aclara que no vende nada, sólo su trabajo, y que no entiende tanta maldad. “Es duro estar en la calle”.

Cuentapropista 2. Foto: Mijail Miranda.

El anaquel recientemente instalado, adornado con obras de la artista.

El arte no paga

“En la calle”. Allí trabaja esta artista plástica, reconocida oficialmente en el registro del Ministerio de Culturas y con una trayectoria que suma decenas de exposiciones conjuntas en distintos salones de la ciudad. En 2014 participó del Premio Nacional Eduardo Abaroa, en la categoría Escultura, con una obra en la que invirtió casi 300 dólares, un costo muy alto para las reducidas ganancias de su oficio. Cabe decir que su madre depende de ella ahora, pues su padre falleció hace un par de años; su mamá no puede mover la mitad derecha de su cuerpo y de sus hermanos prefiere no hablar, pues "andan extraviados".

Rosaura cobra en promedio 10 bolivianos por dibujo, máximo 20 si el cliente demanda mayor detalle. Aunque hay temporadas de abundancia, en las que incluso llega a rechazar algunos pedidos, también hay otras en las que no llegan y debe ingeniárselas para conseguir el sustento. En tiempos de alta, su renta diaria suele superar los 100 bolivianos al día, sin embargo, los gastos deben guíarse con un gran sentido del ahorro y la administración. “En vacaciones, recesos o paros no llegan muchos trabajos, casi nada. Pero tengo que venir igual, porque me pueden quitar o sacar el puesto. Además la gente, cuando pasa mira el anaquel y si después necesitan algo relacionado con mis servicios, ya saben donde encontrarme”. 

En tales circunstancias, ella y su madre viven "al día", lo que equivale a decir que no es posible ahorrar y menos incurrir en gastos extra. “No tengo que enfermarme. Está prohibido. Cuando sufrí problemas en los riñones, mi enamorado me prestó dinero. Las consultas, los análisis, los medicamentos son caros y nosotros, los artistas, no importa si callejeros o no, carecemos de seguro de salud. No podemos enfermar, hay que aguantar nomás”. Rosaura se refiere a las complicaciones que tuvo en su salud por no tomar agua y aguantar la micción durante horas, ambos por no tener a quién dejar sus cosas en la calle. “El arte no paga, pero con el anaquel al menos esas cosas van a mejorar”, dice esperanzada.

Cuentapropista 3. Foto: Mijail Miranda

Rosaura luciendo uno de los trajes diseñados por ella.

Caja de sorpresas

Rosaura no cae en el desánimo y, de hecho, es una caja de sorpresas. Baila y confecciona trajes de danza de gran detalle y belleza. “Cuando subes al escenario para danzar desaparece todo lo malo, sólo importa ese instante”, cuenta mientras pasa una a una fotografías que confirman sus presentaciones. Muchos de los diseños que luce en esas fotos son su obra plasmada con telas de trajes de segunda mano. Tiene como 14 o 15 trajes inspirados en la estética india. Aunque podría venderlos, ella prefiere no hacerlo. “Los hago con tanto cariño y esfuerzo, que quiero tenerlos sólo para mí”.

Por otro lado, en el último tiempo se le metió la idea de la repostería. “Quiero innovar, hacer cosas artísticas con la comida. He estado haciendo algunas pruebas y tengo resultados buenos”. Su propósito es hacer creaciones únicas para abrirse campo en el saturado mercado de la gastronomía.

Todo lo que piensa hacer tiene un propósito: reunir dinero para comprar materiales destinados a sus esculturas. "Sin plata no se puede trabajar y lo mío es la escultura", se reafirma en sus principios mientras su anaquel luce más frío en estos días de invierno.

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