Martes, 27 Mayo 2014 16:21

¿Hay límites para la libertad de expresión?

 ¿Sigue siendo el Carnaval un espacio de desorden, caos y subversión? Ésta y otras preguntas son abordadas como propuestas para el debate. La caricatura de Alejandro Salazar, sobre el accidente que ocurrió el 1 de marzo en el Carnaval de Oruro, las reacciones en contra, las reacciones en internet... Este contexto guia las reflexiones que fueron parte del debate organizado por La Pública en Cochabamba, a raíz del lanzamiento del libro "Todos con Al-Azar".

 Alejandra Ramírez Soruco, socióloga

Gobierno-sociedad civil

Un primer tema que quiero mencionar, tiene que ver con la relación gobierno-sociedad civil y la libertad de expresión. Desde una lectura bien dicotómica, se ha insistido en la separación entre lo que Gramsci ha llamado la sociedad política y la civil. Sin embargo, la frontera entre ambas es cada vez más difusa. Ya desde la asunción de modelos que inciden en la participación ciudadana en la década de los 90, empieza a darse lo que, en un trabajo que realizamos sobre la democracia de manera comparativa entre investigadores argentinos y bolivianos, llamamos la interpenetración constante y creciente entre la sociedad civil y política. Este estudio demostró que en la práctica la frontera que antes permitía acciones colectivas e individuales de control y protesta desde la sociedad civil hacia la política y viceversa se ha diluido. Ello, yo creo que es más fuerte en el caso del gobierno actual, que está constituido por representantes de diferentes sectores sociales y que está involucrado en todos los ámbitos de la sociedad civil, desde las OTB hasta organizaciones que alcanzan niveles más grandes (la creación de OTB y diversas organizaciones paralelas es un ejemplo de esta disolución).

Ahora ¿cómo se aplica esta reflexión en el tema que nos atañe, el de la libertad de expresión?

El libro "Todos con Al-Azar", justamente muestra cómo ya ni siquiera el control a la libertad de expresión se da desde el gobierno, sino se lo hace desde el mismo vecino, paisano o compatriota. Es éste(a) el que, sin necesidad de intervención externa, controla, coarta y censura este derecho. Éste es un ejemplo más de cómo son los mismos ciudadanos que se controlan, se pelean (porque lo mismo sucede en términos de conflictos sociales) o se denigran/inmovilizan unos a otros. En general la sociedad, y específicamente los ciudadanos han perdido sus autonomías en pos de una cooptación y control cada vez más grande por parte de los gobernantes. Ello es mucho más fuerte porque somos una sociedad autoritaria, en la que el supuesto bien colectivo (en este caso la fiesta de Carnaval, sus ritos y sus significados religiosos y culturales) puede ser un instrumento para coartar a los individuos. El sometimiento de la persona a la colectividad (es decir al todo) justifica el avasallamiento de los derechos ciudadanos básicos (como es la libertad de expresión y de decir algo diferente al resto o a la moralidad imperante).

Frente a ello (y esto sí va a causar polémica) se necesita recuperar la autonomía de los individuos y grupos sociales frente al mundo político y a esta dominación de lo colectivo, por un lado; y por otro, impulsar la formación de ciudadanos librepensantes que defiendan justamente la libertad/autonomía de pensamiento. Este libro, nos permite ver –porque en él están presentes- las dos caras de la moneda de este primer punto abordado (por un lado la censura desde el co-ciudadano, por otro lado, la búsqueda/impulso de la construcción de ciudadanos sin brújulas/autónomos y librepensantes).

Internet y las redes sociales

Un segundo tema básico presente en el texto es el del papel que el internet y las redes sociales están jugando en la conformación de la esfera pública, definida en términos de Castells como “el espacio donde la gente se reúne en términos de ciudadanía y articula sus perspectivas autónomas para influir en las instituciones políticas de la sociedad” (Castells 2008: 78).

Internet ha empezado a ser ese espacio, cómodo y abierto para personas que por uno u otro motivo han estado ausentes del ámbito político. Los diferentes estudios al respecto, muestran que se trata de un lugar propicio para participar en la política (creando por ejemplo opinión pública); y, en general, para ejercer activamente ciudadanía en sus múltiples dimensiones. Ahí la barrera de la presencia física se diluye abriendo camino a que personas que no se animan por lo general a hablar en público, den sus pareceres y se involucren activamente en una problemática determinada.

La pregunta es: ¿internet y las redes sociales permiten o no mayor libertad de expresión? Una primera respuesta es que sí, gente que nunca ha participado lo hace, aunque censurando al otro (como en el caso de Al-Azar): el hecho de que una señora orureña critique la caricatura es –estemos o no de acuerdo- también libertad de expresión.

Internet tiene además una ventaja y es que, como argumentan autores como Hermes, Díaz Gandasegui y otros, no requiere de un manejo de ortografía y redacción refinado (por lo tanto puede ser usado por sectores menos elitistas) y, sobre todo, permite la combinación de lo visual con lo escrito.

Esos dos elementos, hacen de las redes un sitio privilegiado para ejercer la libertad de expresión, y transmitir imaginarios, pareceres, opiniones, posturas, etc. Por otro lado, también es cierto que es cada vez más grande el control en las redes. No sólo por el Big brother del sistema mundial (ejemplos para mostrar esta idea sobran); sino, nuevamente por el control mismo ciudadano: cuando uno da una opinión hay cientos de personas que la pueden escuchar pero también transmitir y controlar. Sin embargo, yo creo que los resquicios que se abren son más grandes en términos positivos que negativos para la libertad de expresión.

Arte y Carnaval

Existen otros tres temas que aparecen en el documento que hoy se presenta, y que si bien abordan la problemática de la libertad de expresión de manera más bien indirecta, pueden servir para alimentar el debate.

Uno tiene que ver con la importancia de la interpelación al sistema que se puede hacer a partir de los imaginarios, de lo cotidiano y del arte… Todos sabemos que no hay nada más subversivo que el humor, de ahí que un gobierno pueda dejar pasar mil documentos académicos de crítica, pero le cuesta más aceptar una copla o un dibujo (en alguna ocasión —bastante reciente— se haya llegado a prohibir coplas contra los gobernantes), porque se sabe, desde Bajtin, que el humor es peligroso. Así como lo es el arte en general: se toca más fibras, se llega a transmitir mejor los mensajes y las indignaciones (generando obviamente adhesiones), se forma más ciudadanos autónomos y libre pensantes, a partir de una caricatura, un dibujo, un cuadro, una fotografía, una pieza de teatro o una pieza de música, que con distintos discursos políticos. Entonces, si hay una expresión que generalmente se busca controlar, dirigir, “educar” desde el sistema y partir de sus diferentes aparatos ideológicos (llámense concursos artísticos, escuelas, universidades, festivales, juntas vecinales, etc.) es la artística.

De ahí que, y éste es el segundo tema secundario, generalmente el arte –en el caso específico que abordamos la caricatura— despierta el miedo o el temor, frente al cual hay que rechazar, impugnar, censurar. Las reacciones provocadas por el caso que hoy discutimos, visibilizan esta tendencia.

Por último, un tercer tema tiene que ver con el contexto en el que ha surgido la problemática que hoy discutimos: el del Carnaval. Durante mucho tiempo se ha sostenido que se trataba de una ocasión/espacio y momento de cuestionamiento y subversión frente a un sistema, al ser también un espacio de libertad de expresión. La pregunta es si sigue siéndolo: en un artículo que publiqué en marzo, yo argumentaba las siguientes respuestas, que voy a retomar (al menos partes) para terminar este comentario:

-          “Una primera respuesta es sí, por diversos motivos: (1) Representa la ruptura de un orden pre-establecido […] (2) Da lugar al disfraz y la mascarada tras los cuales siempre nos volvemos más osados, más libres en acción y pensamiento [la misma idea es la que yo planteaba para el internet: detrás de una máscara, en este caso el ciberespacio nos atrevemos más] (3) Es el momento de las coplas y burlas en las que se emiten mensajes críticos disfrazados de risas a los […] representantes del poder al que uno(a) se somete (4) Se presenta como espacio de verdadera ciudadanía ejercida sin controles (5) Conlleva el despliegue máximo de sentidos y acciones, en términos de comida, de bebidas, de sexualidades y ello en sí da un sentido de libertad en una sociedad que constantemente ha buscado controlar la privacidad de sus miembros. Por último, (6) Se crean en él, sentidos de comunidad cohesionada convirtiéndose en espacios para cuestionar a [distintos] poderes […].

-         Sin embargo, ciertas características actuales están quitando la fuerza subversiva al carnaval. Entre ellas [sólo voy a retomar algunos de los temas que menciono en el artículo y que considero pertinentes para esta ocasión] […] hay una fuerte tendencia para enmarcarlo como parte del sistema mediante diversas estrategias; como ser:

-          (a) intentos de institucionalización, a partir de una apropiación de los ritos, costumbres y mascaradas por parte de los gobernantes quienes se vuelven los principales protagonistas de los eventos, bailando, discurseando, rompiendo también (supuestamente) el orden

-          (b) Instrumentalización de los eventos en beneficio del sistema

-          (c) Utilización como espacio de propaganda política […] [como en este caso utilización política de una caricatura para generar un sentimiento patriota local: orureños frente a los que supuestamente están criticándolos].

-         Por otro lado [también se argumentaba que] […] en muchos casos se ha hecho de estas fiestas, espectáculos organizados desde el poder, para que las masas los disfruten. ¿Qué otra cosa, sino, son los desfiles organizados por importantes entidades gubernamentales, disfrazados de subversores para que la gente los aplauda desde sus graderías?

-         Entonces, frente a la pregunta: ¿Sigue siendo el Carnaval un espacio de desorden, caos y subversión? Sí, pero, como para el caso de los sectores sociales y organizaciones ciudadanas, se observa una fuerte tendencia a su cooptación por el sistema rompiendo su poder cuestionador y transformándolo en un instrumento –uno más– al servicio del poder gobernante”. Termino la cita, y para redondear esta última idea, yo creo que esto es lo que se sobresale ante todo de lo creado por la caricatura de Al-Azar: esta instrumentalización de los espacios subversivos de los ciudadanos (y por lo tanto de libertad de expresión), incluso con la colaboración de los mismos co-ciudadanos. Y eso, a mí, me parece cada vez más peligroso.

Cochabamba, 30 de abril de 2014

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