Martes, 21 Julio 2015 16:33

Cómo vencer el cáncer con equipos obsoletos y hacinamiento

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El Hospital de Clínicas de La Paz es uno de los tres nosocomios públicos del país al que pueden acudir pacientes con cáncer que no tienen seguro médico y carecen de recursos económicos sufientes. Un recorrido por las salas de oncología y radioterapia muestra el descuido de los ambientes donde se intenta devolver la salud a los pacientes.

Carla Hannover / La Paz 

“Señorita, ¿puede decirle al padre que pase por la sección de varones?, mi papá está muy mal y quiero que le dé la bendición...”, me pide una joven que se ha percatado que esa mañana, la del viernes 17 de julio, la sala de oncología del Hospital de Clínicas de La Paz recibe la visita del padre Mateo Bautista. La desesperación no es para menos, su padre ha caído presa de un feroz cáncer de próstata. Tendido en la cama, el hombre se queja por el intenso dolor, mientras su hermano le toma la mano y la esposa solloza. 

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El padre Mateo Bautista visita a los pacientes con cáncer del Hospital de Clínicas de La Paz FOTO: Carla Hannover

El sacerdote -que en los últimos meses lleva adelante una campaña para exigirle al Gobierno, a través de un proyecto de ley, que invierta el 10% del presupuesto nacional en el área de salud- visita esta vez la sala de Oncología y la de Radioterapia del hospital paceño, uno de los tres nosocomios públicos del país que debe atender a los pacientes con cáncer que no gozan de un seguro médico y que por lo general son de escasos recursos.

Paredes y techos húmedos, equipos que datan de hace seis décadas, al menos media docena de médicos hacinados en un consultorio de no más de tres metros cuadrados. Ésa es la primera pincelada de un enorme cuadro que muestra el abandono y el olvido en el que trabajan a diario los responsables de las dos áreas del hospital más antiguo de La Paz. Todo esto “porque ni desde el nivel central, ni desde la Gobernación han atendido las demandas de una mejor infraestructura, equipamiento y mucho menos incremento del presupuesto”, explica el responsable de radioterapia César Tapia.

En el ingreso al área de Oncología un inesperado aroma fétido golpea a quien llega. ¿Es un hospital?

En el área donde descansan las pacientes se ha habilitado ocho cubículos enfrentados y en cada uno hay dos catres, en total 16. De ellos, sólo ocho están ocupados por pacientes mujeres, pues los tres que deberían usarse para pacientes que reciben el tratamiento de quimioterapia “están en desuso” y el resto están habilitados para realizar curaciones o cirugías menores.

“Ocho camas para un rango de 50 pacientes que se encuentran en lista de espera y que necesitan ser internadas con urgencia”, explica Ángel Valverde, actual responsable del área. En el caso de los varones el índice no es tan alto, pero de igual forma, cuando un paciente debe internarse, debe esperar al menos 10 días. “Bueno sería que el cáncer también espere”, comenta el galeno frustrado.

La mayoría de las pacientes lucen notoriamente deterioradas, casi todas han adelgazado a tal punto que la piel de sus manos y rostros parece estar pegada a sus huesos. En la sala, una señora de la tercera edad recorre el pasillo agarrando un catéter y un suero; no habla español, hace preguntas en aymara pero nadie le responde. Las mujeres que han logrado ser internadas en la sala por lo general tienen la enfermedad en un estado muy avanzado y para acceder a una cama han tenido que esperar al menos tres meses. “Son pocos los pacientes que han salido con vida".

Ese reducido espacio, hasta el 2014 estaba destinado tanto para el cuidado de pacientes varones como de pacientes mujeres. “Cuando se llevó adelante la ampliación de este edificio se habilitó, en la planta baja, otros espacios pensados para consultorios y salas de cirugía, pero debido a la cantidad de pacientes decidimos habilitar más camas para los varones”, explica el galeno, quien no tarda en mostrar al ingreso del pabellón un pequeño consultorio donde él y sus colegas se han acomodado y se turnan para atender a los pacientes. “En este consultorio atendemos: dos oncólogos clínicos, tres cirujanos y un paliativista”.   

En esa primera planta, con suerte, atienden a una veintena de pacientes internados, la mayoría mujeres con cáncer de cuello uterino y de mama en estado avanzado, patologías con mayor incidencia en el país. Según datos del Ministerio de Salud, por cada 100 mil mujeres, 323 padecen cáncer. Mientras que por cada 100 mil varones, 185 han sido diagnosticados con este mal. Esto dio como resultado, en 2012, un total del 17.170 casos de cáncer registrados en todo el territorio nacional. Si se trata de muertes a causa de esta enfermedad, un informe sobre el Cáncer en las Américas, que señala que en el país el 2013 han fallecido a causa de este mal alrededor de 6.936 personas (3.955 mujeres y 2.984 varones), principalmente por cáncer de cuello uterino, de estómago y de pulmón. 

La sala de oncología atiende al día alrededor de cuatro pacientes externos, quienes por lo general van para recibir el tratamiento de quimioterapia. “Muchos de ellos vienen de forma irregular, pues a veces no consiguen el dinero para los medicamentos, que son caros”, explica Valverde al sacerdote. Nancy Huallpa, la presidenta de la asociación de enfermos con cáncer, quien acompaña ese día al padre Mateo, no tarda en quejarse: “Nosotros recibimos la quimioterapia sentados en estas sillas”, señala a una ocupada por una joven que es atendida por una enfermera. “La quimioterapia nos deja muy mal, nos provoca náuseas o nos suelta el estómago y todo eso tenemos que aguantar sentados”.

El padre intenta conversar con la joven que recibe el tratamiento. Al “cómo estás”, ella responde con la voz entrecortada, “un poco traumatizada con este tratamiento, no dan ganas de regresar”. No es para menos si se consideran los altos costos que debe pagar por las medicinas.

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El padre Mateo conversa con una de las pacientes que recibe tratamiento de quimioterapia en la sala de oncología FOTO. Carla Hannover

La falta de espacio no se supera con buenas intenciones

La sala de oncología se encuentra casi al final del complejo hospitalario de la zona de Miraflores. Es un edificio antiguo, de casi un siglo, que hace un par de años fue intervenido y modificado con la ampliación de otro edificio de dos plantas mucho más moderno y que, en principio, iba a albergar al menos una decena de camas para pacientes con cáncer. El inmueble, donado por el bloque Jacha Inti del Gran Poder, “iba a ser usado para cuidados paliativos y pacientes de oncología clínica, pero el arquitecto que lo diseñó se olvidó de las rampas; no es funcional para el traslado de pacientes. Nosotros advertimos en su momento, pero la anterior dirección no nos hizo caso”, se queja Valverde.

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El nuevo edificio del área de oncología no tiene rampas para trasladar a los pacientes FOTO: Carla Hannover

El médico es autocrítico, pues admite que es muy difícil ponerse de acuerdo con sus colegas, más cuando se va a encarar este tipo de obras, pues “por ejemplo el Hospital del Niño ha tramitado un financiamiento para un oncológico infantil y lo ha conseguido; hubiera sido mucho más efectivo para todos si nos poníamos de acuerdo para realizar las gestiones conjuntas, pues el cáncer afecta a niños, jóvenes, adultos y nosotros seguimos aquí hacinados. Quizá hubiésemos logrado algo mejor”, señala mientras nos da paso al segundo piso del flamante edificio, donde actualmente se conservan galones y cajas de medicamentos para los enfermos renales y donde están apilados los catres y colchones que deberían ser ocupados por más pacientes. "Será nuestra sala de espera", informa Nancy dispuesta a exigir que así suceda.

Todo este panorama agravado por las carencias en las que trabajan los médicos del Hospital de Clínicas "ha sido aprovechado por gente inescrupulosa", comenta el galeno. “En El Alto hay un acelerador lineal para tratar el cáncer, pero lamentablemente el abordaje que los médicos hacen en el tratamiento de los pacientes muchas veces no es el adecuado, les dan dosis del medicamento en cantidades menores y muchas veces esos pacientes llegan a este hospital ya sin dinero y en un estado realmente deprimente”.  Lo mismo sucede con quienes se van a Chile u otros países, donde los tratamientos son mucho más caros, y muchas veces no son tratados por “buenos” especialistas. "Poco o nada se puede hacer por ellos. Es urgente que las autoridades cambien esta realidad".

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Los médicos muestran la segunda planta del nuevo edificio del área de oncología que por ahora sirve de depósito de medicamentos FOTO: Carla Hannover.

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Colchones y catres se encuentran apilados en el segundo piso de la sala de oncología del Hospital de Clínicas FOTO: Carla Hannover

Dos de cuatro equipos no funcionan en radioterapia

La sala de radioterapia tampoco es muy acogedora; las paredes y techo humedecidos son testimonio de que el mantenimiento no ha pasado por ese edificio. En el pasillo de ingreso, una mujer recostada en una camilla, envuelta en una frazada, espera por el tratamiento. “Otro caso de cáncer de cuello uterino”, explica el responsable del área César Tapia.

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El techo y las paredes de la sala de radioterapia están humedecidos por la lluvia FOTO: Carla Hannover

En esta área se atiende entre 40 y 50 pacientes por mes. Sin embargo, otro medio centenar de pacientes diagnosticados con cáncer deben iniciar el tratamiento. “Están más de dos meses esperando que los atendamos pero es muy complicado, pues dos de nuestras máquinas han dejado de funcionar hace ya varios años”.  

Tapia explica que a la fecha sólo trabajan con un equipo de braquiterapia para los pacientes con cáncer de pulmón y una bomba de cobalto para tratar casos de cáncer de cuello uterino, cuyos repuestos no se fabrican más porque ese tipo de equipos ya no se utiliza en el mundo. El médico asegura que, pese a que se ha solicitado el presupuesto para arreglar las máquinas en desuso, es muy poca la atención que reciben de parte de las autoridades, pues los montos son elevados. "Deberían invertir en el arreglo de los equipos, pues el Estado nunca ha invertido en equipamiento para el cáncer, al menos no en este Hospital, pues todo lo que tenemos es producto de donación”.

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Tapia muestra al padre Mateo Bautista el equipo de cobaltoterapia que usan para tratar pacientes con cáncer de cuello uterino Foto: Carla Hannover

En el área de radioterapia hay una sala amplia donde destaca un imponente simulador convencional que ha dejado de funcionar hace como tres años. “Han venido técnicos de la Argentina para arreglarlo, pero se volvió a arruinar en menos de tres meses”. Este simulador es importante en el tratamiento de los pacientes porque toma imágenes radiográficas que permiten determinar cuáles son las áreas que deben ser tratadas y permite proteger el tejido sano. A este simulador se suma otra bomba de cobalto que ha dejado de funcionar hace ya varios años.

Por estos tratamientos los pacientes pagan mensualmente entre 2.400 y 3.500 bolivianos, dependiendo de su padecimiento. Pese a ello, la atención que reciben no es la adecuada y los médicos hacen los mayores esfuerzos por atender a los pacientes con lo poco que tienen. "Se ha solicitado ayuda de todo tipo, pero realmente es frustrante porque las autoridades se pasan la responsabilidad", explica Tapia, quien ha elaborado un presupuesto para equipar esta área que asciende a los 15 millones de dólares. "No es nada si se compara con los 302 millones de dólares que el Gobierno ha invertido en un satélite", cuestiona Nancy. 

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