Sábado, 23 Agosto 2014 21:21

Carta abierta al Dr. Ciro Zabala

Mujer Mujer http://pixabay.com/

 

 La autora de esta carta abierta la envía a La Pública. La difundimos y agradecemos la confianza, así como entendemos que proteja su identidad. El testimonio se convierte en un símbolo y vale la pena reflexionar al respecto.

 

 

Don Ciro

Le escribo desde, quizás, un lugar más dolido que el de muchas personas que expresaron su desagrado frente a sus declaraciones sobre los cuidados que debe tener una mujer para que no la violen o abusen, sobre esa horrorosa y machista visión de que hay que enseñarnos a comportarnos. Le escribo desde el sitio de una persona que aún no sabe lidiar con todos los abusos sufridos, con el cartel de “viólame” que parezco tener impreso en la frente, porque durante toda mi vida (y espero que no sea igual la cotidianidad de todas las mujeres, aunque tristemente lo intuyo) se han acercado a mí hombres que han intentado o han logrado abusar y acosarme sexualmente.

Cuando escuché sus declaraciones, volví con la memoria a mis siete años de edad, me vi sentada en mi escritorio terminando mis tareas, vestida con un jean, zapatillas, una chompa gruesa de colores pastel y el cuellito blanco de una blusa superponíéndose a la lana, una chamarra con frisa y un cintillo sosteniendo mi corta melena. Aquel día fue el primero de los tantos en el que el abusador, amigo muy cercano de la familia, 11 años mayor que yo, me preguntó si sabía lo que era un pene y me hizo tocarlo; con el tiempo recrudecieron las cosas y aunque no recuerdo si hubo violación o no en una de las tantas veces en que me abusó, no puedo ni repetirme a mí misma las cosas que me hizo. Pensando en sus palabras y comparándolas con mi recuerdo, Don Ciro, me pregunté porqué no me había podido cuidar mejor aquella vez... qué parte de mi voluptuoso cuerpo de siete años había motivado a mi abusador, qué detalle de mi gruesa ropa de invierno había provocado que él quisiera tocarme. No recuerdo haber bebido aquel día, más que un par de tazas de leche y unos vasos de jugo para saciar la sed después de los juegos... pero tal vez usted también se refería a la embriaguez de la niñez que nos mantiene inocentes e ingenuas sin pensar en que el otro, tan cercano, quiere hacernos daño. Tampoco recuerdo haberme drogado, ni siquiera recuerdo haber sabido qué drogas existían... menos aún cómo adquirirlas. Esa noche no estaba en la disco, era muy difícil porque tenía mucha tarea y, además, a mi carnet de identidad le faltaban el mismo número de años que el abusador me llevaba de ventaja.

Tampoco volví tarde a casa, ¿sabe? Eso es quizás lo más doloroso: estaba en casa, estaba “protegida”. Y discúlpeme, Don Ciro, pero nunca -ni aún siendo niña- he sido muy hábil en los deportes ni muy flexible, así que las técnicas de defensa personal -que en ese tiempo no lo había considerado y ahora me reprocho por no haber notado su importancia- no eran un conocimiento que tuviera... y de haberlo tenido, tampoco sabía que nadie tenía derecho a tocarme... así que no hubiera puesto en práctica ni el kárate, ni el ninjitsu, ni el tae kwondo, de haber sabido... A lo único que tenía acceso -si conseguía la llave, la ubicación y el valor para encontrarla- era una pequeña pistola que pertenecía a un pariente... tal vez, reflexionando ahora, debí haberla cargado conmigo desde mis siete hasta mis 13 años, mientras duró el abuso. O no, mejor hasta los 16.... porque después de él, vinieron otros a violentar la paz que intentaba recuperar... aquel que pasando por la calle me agarró las nalgas en pleno prado paceño a las cuatro de la tarde y los policías, que estaban en la acera del frente, miraron y no dijeron ni mú... O aquel pariente que, a la fuerza, me dio un par de besos. Quizás me hizo falta hasta los 18 años, don Ciro, cuando volvía de la universidad y no había luz por mi barrio (debí haber previsto llevar una linterna, ¿no?, es que no me han enseñado a comportarme en estas situaciones) y el que pasó por mi lado tuvo la misma idea que el de mis 16 años... tal vez lo provocaron mis libros, o la ropa holgada y sin combinar que llevaba puesta, porque desde mis siete años que tengo problemas para aceptar, mirar y poner "coqueto" a mi cuerpo. Quizás fueron mis labios sin pintura (¿será que ese color se llama “natural pasión” como el rojo pasión?).

¿Sabe? Me encantan las faldas y los vestidos, me gustan los escotes... sin embargo, mi familia y amigos piensan que soy poco femenina porque aunque intento y tengo un par de prendas así en el armario, a los diez minutos desisto y me pongo un jean, una blusa y, usualmente, una chalina que tape el escote. ¿No le digo que no me siento cómoda con mi cuerpo? Razones tengo, ¿sabe? En fin, continuemos recordando... 

Me hubieran sido muy útiles sus consejos cuando, a mis 27 años, el radiotaxista del aeropuerto, con identificación y placas, me miraba con cara de enfermo en vez de mirar el camino, quizás con sus palabras hubiera aprendido a comportarme cuando voy de viaje. En esa ocasión, y de puro susto, no me quedó más que llamar por celular hasta el país donde vivía mi entonces novio para que su voz me tranquilizara en el largo camino por recorrer y para que escuchara en caso de que al enfermo se le ocurriera pasar de las miradas a los hechos. Llegué bien, por suerte, aunque había gastado más de 100 bolivianos de crédito que tuve que reponer a mi oficina (es difícil rendir gastos con el ítem “estaba intentando evitar que me abusen o violen”, ¿sabe?). Llegué a salvo, eso era lo importante. 

Esa misma noche, salí con algunos compañeros de trabajo a conversar. Nos tomamos algunas cervezas, sí. A las tres de la mañana me fueron a dejar al hotel, ninguno iba borracho, no... al día siguiente nos esperaban muchas tareas por cumplir. Pedí mi llave al administrador, subí al dormitorio en el cuarto piso, me puse el piyama y, como tengo insomnio desde hace muchos años (imagínese cuáles son las causas), me dispuse a leer. Leí más de una hora. Aún no tenía sueño pero me obligué a dormir para poder cumplir con las labores que emprendería horas más tarde. Y puedo decir que la lectura, como más de una vez, me salvó la vida. Apenas había conciliado el sueño, desperté asustada, me di la vuelta y vi el cuerpo de un hombre metido por la ventana de mi cuarto, sentí su mano sobre mi cuerpo... y él salió corriendo escaleras abajo cuando me di la vuelta. Claro, ahora que lo pienso, debería negarme a los viajes de trabajo porque me pongo en riesgo al alojarme en un hotel y debería cuidarme más, pero sigo sin saber comportarme. En fin, llamé a la policía, me contestó un oficial que además de no hacer nada por mí, me trató mal... y tuvo la brillante idea de preguntarme si sabía quién había sido... claro, tonta yo por no pedirle el carnet de identidad al tipo de la ventana antes de que saliera corriendo o por no haber visto su rostro en la oscuridad de las cuatro de la mañana y con mis problemas de vista. Cuando, cansada de los maltratos del oficial, le dije que él no me podía tratar así, que yo conocía mis derechos como mujer, y que iba a denun... sí, inconcluso.. me colgó el teléfono antes de que termine de decirle aquello. No me quedó otra que despertar a los amigos para que me fueran a buscar. Antes de dejar el hotel, encaré al administrador con el poco valor que aprendí a tener cuando fui creciendo... primero se negó, luego me trató mal y terminó diciéndome que no le importaba que lo denunciara, que él era hermano de la dueña. 

Lastimosamente no pude denunciar, necesitaba que me acompañaran porque estas cosas, cuando una se la ha pasado tan mal siempre, quiebran, limitan... y todos andaban muy ocupados para acompañarme, además, me decían que tenía que alegrarme porque no pasó a mayores. Y claro que me alegré, aunque ellos no entendieron mi pánico, mi necesidad de tomar tranquilizantes ni todo el “escándalo” que armé porque no es lo mismo un episodio así que, después de toda una vida de violencia, el haber llegado a la conclusión que le comenté al inicio: parece que llevo un cartel de “tócame” impreso en la frente.

Volví a la ciudad en la que vivo. Una noche, camino a mi casa, a las ocho más o menos, esperé mucho rato por un trufi. Iba con un abrigo, mi mochila, nada arreglada, digamos, como para provocar -en sus términos- que alguien me moleste. Me urgió volver a casa, no quería esperar más por el trufi, vi un radiotaxi acercándose pero aún le faltaba una cuadra para llegar donde yo estaba... iba a hacerlo parar, pero desistí y decidí seguir esperando el transporte público. Menos mal que desistí. Cuando el taxi pasó cerca mío, Don Ciro, se detuvo, el taxista sacó medio cuerpo por la ventana y me describió cómo pensaba violarme, con palabras que no pienso reproducir en este texto porque me dan mucho asco, ¿sabe? Se quedó allí un momento, yo estaba paralizada (luego de tanta cosa, una difícilmente puede reaccionar), se fue... y me quedé temblando, esperando al famoso trufi. Llegué a mi casa y me quebré. Tanto tiempo le toma a una estabilizarse un poco después de uno de estos episodios, y pareciera que el cartel que le comenté es luminoso, se prende cuando una ya ha conseguido superar un poco el terror vivido.

Eso, don Ciro, eso quería contarle desde otra perspectiva, desde otra molestia por sus declaraciones. Lo hago con todo respeto, no para confrontarlo o tildarlo de bruto, que eso ya se lo han dicho infinitamente en estos días... lo hago para que escuche nuevamente sus declaraciones, las confronte con este relato tan íntimo y que tanto me ha costado escribir, y piense de nuevo respecto a sus consejos hacia las mujeres. Capaz, y en un golpe de suerte, se dé cuenta y declare algunos consejos para los hombres, para que no nos violen, no nos toquen, no nos acosen, no nos abusen, no nos maten; para que aprendan a comportarse, que a ellos les viene haciendo falta.

Por último, disculpe que no firme la carta... aunque me sé toda la teoría de que la culpa no es mía, que no debería avergonzarme, etc... resulta que las estructuras machistas no me dejan en paz, lastimosamente, y sigo sintiendo culpa y vergüenza. Respecto a ello, le invito a leer otro post de mi blog que puede servirle para entender que el culpable no solo es el abusador, sino también el Estado, la sociedad, los servicios legales, etc. Es decir que entre los culpables también está usted.

Entender de quién es la culpa: http://etilica-b.blogspot.com/2013/07/entender-de-quien-es-la-culpa.html 


Sobre las declaraciones de Ciro Zabala: http://mujeresenelsigloxxi.blogspot.com/2014/08/ciro-zabala-candidato-pide-ensenar-las.html?showComment=1408560604428

 

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