Jueves, 19 Junio 2014 20:00

Reportaje Mensual: Ciberactivismo a la boliviana

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Más de una veintena de movidas permiten levantar un primer mapa cíber de las movidas en Bolivia. Seis ejes destacan como articuladores: la tecnología, la cultura, el medio ambiente, los animales, los derechos indígenas y el transporte; en todos ellos es evidente la voluntad de construir una sociedad a la medida de la dignidad humana

Mabel Franco / La Paz

La cobertura de Internet en Bolivia llega al 35,5 por ciento de la población, según la última Encuesta de Hogares. Un porcentaje que considera la conexión domiciliaria, la del trabajo, los “cafés internet” y los aparatos móviles. Es una cobertura todavía baja, concentrada sobre todo en las ciudades del eje central del país, pero importante: un tercio de la población está conectado. El problema es que el servicio es caro y lento como una babosa, según se ha representado en las calles de Cochabamba, hace poco, por convocatoria de una comunidad ciber 300, que se denomina La Resistencia  (https://www.facebook.com/groups/300LaResistencia/‎).

Pese a esa realidad, y contra ella precisamente, hay ciberactivismo en Bolivia. Es decir, hay colectivos que se arman en red para luchar por objetivos, a veces de forma fugaz, a veces con una mirada de largo aliento, o hay colectivos que están ya articulados en la realidad física y que van descubriendo en las redes un espacio complementario. En todo caso, y en esas movidas, hay un evidente afán que va más allá de compartir información. Se hace política en el sentido más amplio del término, en ése que devuelve al ciudadano la conciencia de que puede y debe tomar decisiones sobre la vida en sociedad.

El paraguayo Benjamín Arditi, doctor en Teoría Política y profesor de la UNAM, que estuvo en marzo en Bolivia hablando, entre otros temas, de las formas virales de hacer política, dice que esto del ciberactivismo, no es nuevo en el mundo. Hace más de 15 años que se exploran sus posibilidades, bajo la idea de que el ciberespacio “no es un medio de comunicación, sino un terreno de enfrentamientos”.

En tal sentido, Arditi reconoce tres fases, dos de las cuales, resulta evidente, Bolivia se ha saltado, no las ha vivido y quizás por eso el ciberactivismo parece nuevo aquí. En la primera de ellas, describe el experto, ese ciberespacio fue definido por los teóricos como el lugar “donde la acción colectiva se iba a desplazar; es decir, donde en particular la desobediencia civil, el ir contra la norma iba a expresarse”. Esa “desobediencia civil electrónica” se produjo, efectivamente, con grupos como el colectivo los Electrohippies o el Culto de la Vaca Muerta. Este último en México, luego de la masacre de Acteal de 1997, cuando murieron unas 40 personas y se culpó al Gobierno por ello. La forma de protestar fue hackear la página de la Presidencia de la República, de manera que cada vez que se escribía “derechos humanos”, aparecía el caso de Acteal. Otra forma de rebelarse contra lo establecido fue saturar el sistema de alguna entidad blanco de las críticas; para ello se coordinaba un conjunto de ordenadores para atacar al del objetivo, llenándolo de pedidos hasta que colapse, táctica con la que se logró bloquear la Bolsa de Frankfurt, por ejemplo, durante dos horas. “Estas acciones son muy lindas --comenta Arditi-- pero puramente simbólicas, pues a más de irritar al establishment, no logran modificar el estado de cosas”.

La segunda fase se caracterizó por generar marchas virtuales. Por ejemplo, la que se armó ante la visita de George W. Bush a Reino Unido, iniciada la Guerra de Irak. Estas marchas se arman inscribiendo el nombre de uno en el sitio de la convocatoria y mantenerse pendiente para que, a la hora en que se va a realizar la acción, se haga clic y se envíe cientos, miles de mail, para el caso al Gobierno de EEUU, manifestando la postura. “Esta modalidad tiene el valor de que moviliza el espíritu de la gente, pero no deja de ser testimonial y no cambia demasiado el estado de las cosas”.

La interfase, entre lo digital y lo físico

Lo que se vive hoy, más o menos, afirma Arditi, es la tercera etapa del ciberactivismo, la que considera que la acción que ocurre en internet, a través de formas de coordinación por Facebook, comunicación por Twitter, mensajes de texto (sms) y otros, no va a cambiar las cosas si con ello no se logra la intervención callejera. Lo que lleva a una afirmación al estudioso de estos fenómenos: “Hoy, el ciberactivismo es multimodal y de interfase entre lo físico y lo digital”.

¿Será que los colectivos en Bolivia, que están presentes en las redes transitan por esta fase ciberactivista? ¿Comprenderán los activistas que internet es más que un medio para desahogarse? ¿Asumirán que la tecnología pone a su alcance un espacio de lucha, de ejercicio de ciudadanía, de búsqueda de cambio?

Quizás, pese a la voluntad y conciencia de algunos de los activistas al respecto, ese lugar de lucha resulte todavía muy difícil de abrir. Pesa mucho la limitada y mala cobertura de internet y así lo entienden colectivos como Más y Mejor Internet para Bolivia, Software Libre para Bolivia o HackLab Bolivia. Lo que ven estos grupos es que es indispensable que muchos más ciudadanos, en todo el país, tengan acceso a la tecnología y en condiciones óptimas (más ancho de banda, menos costo), de manera que no solamente sean usuarios (chatear, escuchar música, enviar correos), sino que se les abra la posibilidad de interactuar con esa tecnología, acomodarla a sus necesidades, transformarla de ser necesario. Es decir, investigar  y dominar las herramientas, algo que no se puede hacer con tiempos cortos en un café internet o en una oficina.

Se podrá decir que en un país en el que la protesta, las marchas, las huelgas han logrado perfilar, en mucho, la Bolivia que se tiene hoy, parecería que está por demás pretender articular otras formas de interpelación. Sin embargo, los movimientos ciberactivistas quizás tengan el mérito, por ahora, de integrar, en esa lógica de la participación ciudadana, a la clase media, considerada apática y conformista. Una clase social dispuesta a soportar, por ejemplo, un sistema de transporte público urbano, a sabiendas de que es indigno; o de contemplar cómo las autoridades toman decisiones arbitrarias, sin que haya un ente articulador para protestar colectivamente. Pues resulta que en las redes esa clase se expresa y promueve ciberprotestas, algunas de las cuales han logrado impacto en la realidad física.

Ejemplos de ello son movidas como la del “manzanazo” en Santa Cruz. Una ciudadana dio la alerta por Facebook y se armó una protesta sin líderes, espontánea, que rompió límites geográficos para defender un espacio para la cultura, la Manzana Uno, que los políticos iban a tomar inconsultamente. Tal fue la presión en Twitter y Facebook, con el correspondiente en los medios masivos tradicionales, que el poder tuvo que retroceder.

Que ejercicios de este tipo son todavía eso: ejercicios que no miden la fuerza del ciberactivismo a largo plazo ni comprenden del todo la lógica del espacio que se construye colectivamente, lo muestra el propio “manzanazo”. El éxito inicial es hoy casi un fracaso: la Manzana Uno no ha sido desalojada, pero no le han sido entregados los papeles prometidos que podrían garantizar la permanencia en el espacio codiciado por la Brigada parlamentaria cruceña. La movida se ha desarticulado, pero al menos la lección está asumida para una próxima vez, dicen los activistas.

Y está la más reciente de las movidas: Todos con Al-Azar, expresión ciudadana de rechazo a la censura y de defensa de la libertad de expresión desencadenada por los ataques contra un caricaturista. Se trata de un ejemplo de cómo, a veces, la sola existencia en las redes es suficiente para lograr un objetivo concreto: promover la discusión de ideas, sin necesidad de llegar a las calles. Arditi reflexiona al respecto: “Ciertamente, la interfase entre lo físico y lo digital es la que permite prever un cambio; pero no significa que el espacio digital carezca de chance de ser efectivo”. Y es también un motivo para repensar en la propiedad de un espacio de ciberactivismo, pues Todos con Al-Azar no está más en Facebook por decisión de los administradores, quienes decidieron que el objetivo se había cumplido: ¿Es correcta esta forma de proceder?, ¿A quién pertenece el espacio público en red?

Ejes articuladores

Ahora bien. Qué temas movilizan a los bolivianos en internet. La Pública ha identificado seis ejes, aunque el tema no está agotado y amerita seguir explorando.

- Tecnología, como derecho a la circulación democrática y libre del conocimiento.

- Cultura en el amplio sentido que implica acceder y crear arte, y la relación de convivencia en sociedad.

- La defensa de los Derechos de los animales.

- La preocupación por el cuidado del Medio ambiente.

- El Transporte como ejercicio de derechos ciudadanos.

- El reconocimiento de las ideas, valores y lengua de los pueblos indígenas en la sociedad boliviana.

Los colectivos identificados llegan a más de una veintena. En algún caso, por sus características y objetivos, algunos movimientos responden a más de un eje: defienden derechos indígenas y al mismo tiempo el medio ambiente y, por tanto, calidad de vida para todos, también en las ciudades; o pedalean y abogan por la presencia de más ciclistas en las urbes como forma alternativa de transporte, y al mismo tiempo llaman la atención sobre la necesidad de una convivencia que haga de las ciudades espacios libres de contaminación y a la medida de la dignidad humana.
El mapa del ciberactivismo en Bolivia está, pues, en construcción. La Pública ha comenzado el trabajo para levantarlo, con el compromiso de seguir identificando movidas, ojalá conectándolas, pues en ellas laten muchos de los temas que preocupan al ciudadano y que vale la pena escuchar y amplificar.

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